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Tras la lectura del documento publicado por los miembros del G-22, reunidos en Washington el pasado fin de semana, reconozco que me resulta difícil definir mi reacción. Por un lado, siento cierta sorpresa a que hayan criticado tan poco como lo han hecho los principios del capitalismo. Y por otro lado, sufro la resignación de algo ya anticipado pero no por ello menos preocupante: la ausencia de referencias al papel de los bancos centrales en la gestión de esta crisis. El mencionado documento apunta únicamente que, como medida a medio plazo, "los supervisores y los bancos centrales deben desarrollar aproximaciones sólidas y consistentes internacionalmente para la supervisión de la liquidez de los bancos transfronterizos y de sus operaciones de liquidez con los bancos centrales". No hay mucho más acerca de los bancos centrales en ese documento.
Es increíble la habilidad de los banqueros centrales para salir absueltos. Son una especie única, hechos a prueba de bombas financieras, y capaces de soportar cualquier tormenta crediticia que se les venga encima. Siempre hacen ver que están por encima del bien y del mal. Un par de décadas después de la caída del muro de Berlín, y por ende, del mito socialista, son, probablemente, un ejemplo vivo del planificador colectivista tan habitual en aquellos países.
Entre 2003 y 2005, los tipos de interés estuvieron artificialmente bajos, y en muchas ocasiones inferiores a la inflación –tipos de interés reales negativos–, fomentando inversiones en proyectos no respaldados por un ahorro real de la sociedad. Tal y como está organizado el sistema monetario actual –basado en bancos centrales y dinero fiduciario–, los gobernadores del BCE, del Banco de Inglaterra y de la Reserva Federal son probablemente los individuos cuyas decisiones tienen un mayor impacto en los mercados. ¿Es aconsejable dejar tanto poder en tan pocas manos?
Parece evidente que, dado el punto de partida en el que nos encontramos, lograr un sistema monetario acorde con el libre mercado es una labor que se puede definir, como mínimo, de ambiciosa. Aunque no sea una meta realista a corto plazo, se deben dar pequeños –pero continuados– pasos encaminados a ese objetivo. En primer lugar, sería conveniente una mejor comprensión, por parte de la ciudadanía, del papel desempeñado por los bancos centrales en el surgimiento de los diferentes ciclos económicos a lo largo de la historia. Posteriormente, y como una de las primeras medidas intermedias para lograr un sistema monetario realmente libre, se debería limitar al máximo la discrecionalidad de los banqueros centrales en la creación de nueva masa monetaria y en la fijación de los tipos de interés.
El requisito imprescindible para mejorar, en cualquier ámbito de la vida, es el reconocimiento de las propias limitaciones y los errores cometidos. Si en el documento del G-22 no hay ninguna reflexión y, por supuesto, ninguna autocrítica sobre el comportamiento pasado y futuro de los bancos centrales, me da la impresión de que seguiremos sufriendo a los Greenspans, Bernankes y Trichets de turno durante mucho tiempo.

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