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La nueva derecha

Caciquismo democrático

Un amigo compara la situación actual con la de la Restauración. La analogía se viene haciendo cada vez más, dada la voluntad de pacto en la que está empeñado el Partido Popular. Pero aquí no hay un pacto explícito entre dos fuerzas que se ponen de acuerdo en turnarse. Hay un acomodo de uno de los dos partidos, dispuesto a hacer el trabajo de gestor y delegar en el otro el poder auténtico, la capacidad de pensar, la estrategia y todo lo demás. Bien es verdad que lo que el centro-derecha pierde por un lado (gobernará cuando le dejen gobernar, que no será demasiado), lo que gana por otro. Así tiene que trabajar menos. Que piensen ellos... es decir, los socialistas. La derecha española se ha reconciliado al fin con Unamuno.

Otra diferencia es la de la presencia de los nacionalismos, aunque este asunto podría ser más aparente que de fondo. En realidad, los nacionalismos no son más el rebrote local del tronco antiguo y vicioso del caciquismo, naturaleza auténtica de la constitución política española, ahora instalado, gracias al llamado Estado de las autonomías, en todas las instancias de poder. Como en la Restauración, el pacto de alternancia, aunque sea con las modalidades antes reseñadas, necesita de un amplio reparto del poder, autonomía en las relaciones clientelares y una disposición permanente a hacer favores a los amigos.

La diferencia entre aquellos felices tiempos y los nuestros consiste en la índole del caciquismo. Aquel era un caciquismo liberal, manejado por una casta de políticos profesionales que respondían ante sus pares. El Estado era pequeño y aquellos hombres no tenían la ambición de comprar la sociedad entera. Les bastaba corromper una parte.

Después de treinta años de la nueva Restauración, nos hemos instalado ya en la etapa de lo que mi amigo llama caciquismo democrático. Los mecanismos de poder (las clientelas, las influencias, los amigos) son idénticos. Se cuenta, en cambio, con el respaldo de la opinión pública, casi igual de desinformada que entonces pero más participativa. Por eso mismo, se tiene la capacidad de influir en una parte gigantesca de la sociedad. También existen medios que los caciques de la primera Restauración ni siquiera habrían soñado. Les habrían parecido una monstruosidad. El Estado entero se ha convertido hoy en un medio de mercadeo de votos.

El PSOE, como siempre, fue el primero en ver todas las ventajas que ofrecía la situación. El Partido Popular ha tardado unos años en empezar a acomodarse a ella. El principal obstáculo era Aznar, que se eliminó a sí mismo. Rajoy encarna una situación de transición. Por formación y temperamento, es la viva representación de la oligarquía de la primera Restauración. Ha hecho esfuerzos altamente meritorios para adaptarse al caciquismo democrático. No le ha acompañado del todo la suerte. Demasiado consciente de su propio personaje, como si estuviera a punto de convertirse en la estatua de un oligarca local decimonónico, le faltan el desparpajo y el arrojo que, en cambio, les sobran a otros muchos caciques de su partido. Si se busca un arquetipo de caciquismo democrático en la derecha, ahí está Gallardón, con Arenas y Camps pisándole los talones.

A pesar de Gallardón, Madrid, como en otras ocasiones, resulta excepcional. Hay aquí en germen, o más que en germen, un principio de resistencia a la marea caciquil que ha inundado lo que va quedando de España. Pero no sólo hay que luchar con los caciques. También hay que hacerlo con la tentación de integrarse en el nuevo régimen. Los obstáculos son tan grandes y los cantos de sirena tan intensos, que cualquier gesto que permita adivinar que no se ha tirado la toalla será bienvenido.

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