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ETA en campaña

Del esperpento al mandato

La campaña electoral del Partido Socialista ha venido despeñándose por el esperpento desde el primero momento. Se recordará como la más grotesca nunca vivida en España, con momentos estelares a cargo de Zerolo y sus orgasmos, Chacón y la paternidad de Felipe González, Bermejo y los aplausos de su rozagante esposa, supuestamente enferma. Era y sigue siendo el fiel reflejo de la España que con la que sueña Rodríguez Zapatero.

La campaña del Partido Popular apuntó maneras con el leit-motiv de la economía, que al parecer era lo que verdaderamente nos interesaba a los españoles. Como la cosa no cuajaba, triunfó la estupidez de la niña de Rajoy. Se escamotearon así los que deberían haber sido los verdaderos motivos de la campaña del centro derecha: la dignidad de la nación y la defensa de la libertad de los españoles.

En el último momento, la ETA ha devuelto a toda la farándula política a la siniestra realidad en la que vivimos los españoles. Peor aún, ha instaurado lo que parece haberse convertido en una costumbre. En España las elecciones las ganan o las pierden, no los partidos nacionales democráticos, sino los terroristas. Zerolo, Bermejo, las niñas... al final todo se resume en ese gigantesco pudridero en que ha acabado convertida España gracias al terror y al odio alimentado desde el nacionalismo y una izquierda delirante y suicida, suicida en el estricto sentido del término.

Hay más, claro está. El asesinato de Isaías Carrasco es la respuesta directa y sin complejos de los etarras a quien se rindió a su chantaje hace años. Demuestra quién ha estado mandando en España esta legislatura, por llamarla de alguna manera. Y transforma definitivamente las elecciones del domingo en un plebiscito. No ya sobre la continua negociación y la perpetua mentira del presidente del Gobierno en este tiempo, sino sobre el futuro.

La ETA ha dejado saber, por si alguien no se había enterado, cuáles son las condiciones del diálogo, de la paz, del talante. Y a Rodríguez Zapatero no le queda otro remedio que proseguir el camino que él mismo ha emprendido y en el que nos ha metido a todos: el de aceptar nuestra condición de rehenes del terror.

El asesinato de Isaías Carrasco es un mandato para la negociación, como lo fue el 11-M. Acabamos como empezamos. Con la misma sustancia roja viscosa en las manos y las conciencias. El único gesto que podría salvar la situación sería el anuncio inmediato de un gran pacto de los partidos nacionales contra el terror y el nacionalismo, un pacto que permitiera al partido ganador tomar todas las medidas necesarias, incluidas las de excepción, que permitieran restañar en seco la sangría.