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Juegos Olímpicos

Denuncias con glamour

Tengo para mí que si los Juegos Olímpicos se celebraran en un paraíso socialista de verdad, con una sólida economía bien planificada, colas, desabastecimiento y gente dispuesta a todo con tal de salir del país, buena parte de la campaña a la que estamos asistiendo criticando la situación en China se desvanecería al instante. Con Mao, muchas de las protestas de hoy no se habrían escuchado, como no se escucharon en Moscú en 1980. Entonces los malos eran los norteamericanos, que boicotearon los Juegos en protesta por la invasión de Afganistán. (Los chinos también.)

La humorada de Pedraz, la penúltima y esforzada estrella de la Audiencia Nacional, confirma esta convicción. ¿Acaso Pedraz se ha preocupado alguna vez de la violación de los derechos humanos en Cuba, en Zimbabwe o en los países islámicos? ¿Por qué? Porque son países y regímenes con los que el progresismo siente una afinidad irresistible. ¿Por qué, al escoger China para su movimiento, Pedraz no se ha interesado por los católicos, los disidentes políticos o los miembros de la secta o grupo Falun Gong? Porque estas personas resultan sospechosas de liberalismo, conservadurismo o religiosidad y por tanto no merecen entrar en el horizonte reivindicativo del progresismo global, como sí entran los tibetanos, en cambio, que resultan exóticos, postmodernos y cuentan con el lobby de los lamas en Hollywood. ¡Ah, el glamour izquierdista!

Lo mismo hizo Garzón con Pinochet. Lo último que le interesaba entonces al progresismo en trance de globalizarse era la destrucción de la democracia en Chile. Lo que le reprochaban a Pinochet era que hubiera impedido que los chilenos saborearan a su gusto (quiero decir, al gusto del progresismo) las delicias del socialismo que les estaban preparando los castristas con Salvador Allende de boy scout. ¿Quiere decir esto que hay que condenar la campaña crítica del régimen chino? En absoluto. Las protestas deben ser bienvenidas y apoyadas, en particular porque contribuirán a hacer entender a los disidentes o a los simples ciudadanos chinos que no están aislados y que la opinión mundial vigila a los dictadores.

Pero para darse cuenta de hasta qué punto esta campaña puede ser fácil de manipular piénsese en el reparto de papeles establecido entre el movimiento progresista espontáneo, llamémosle así –el encabezado por el glamouroso Pedraz– y el movimiento progresista oficial, el encabezado por la no menos glamourosa María Teresa Fernández de la Vega. Para unos, la protesta cuidadosamente discriminada. Para otros, el "no te metas en política, hijo mío" y las reverencias ante cualquier dictador, siempre que encaje con los estereotipos ideológicos de turno. No tengan la menor duda de que las autoridades chinas saben perfectamente cómo tratar a esta cuadrilla. Ni que a los chinos les revienta tanto señoritismo.