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Depuraciones y proyectos

No sé cuál será el camino de María San Gil a partir de ahora. Si sabemos cuál ha sido el elegido por Rosa Díez: la formación de un nuevo partido, una vía heroica en la vida política española

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Entre las dos hay muchas diferencias y más de un parecido. Las dos son mujeres, las dos son vascas, las dos han pertenecido mucho tiempo a dos grandes partidos, las dos han ocupado cargos de responsabilidad, las dos han sido depuradas por haberse mantenido fieles a lo que pensaban que era el ideario básico de sus respectivas organizaciones.

No sé cuál será el camino de María San Gil a partir de ahora. Si sabemos cuál ha sido el elegido por Rosa Díez: la formación de un nuevo partido, una vía heroica en la vida política española, donde la inercia burocrática, las fuentes de financiación y los apoyos capaces de sostener un proyecto nacional se muestran extraordinariamente reticentes a aventuras como esta.

En cualquier caso, las dos son víctimas de un proceso similar. Los principios que les han llevado a dejar a la una su partido y a la otra sus responsabilidades las han llevando también a enfrentarse a perversiones muy parecidas. El PSOE, está claro, lleva mucha ventaja. Basta con leer la propuesta delirante del socialista López, avalada por lo que se hace llamar Gobierno de España. Pero el PP parece dispuesto, con un grado superlativo de torpeza –eso sí–, a emprender una senda que si bien no le llevará tan lejos, le conducirá al menos a convertirse en la suma disparatada de oligarquías locales, bien instaladas en sus feudos respectivos.

Tanto María San Gil como Rosa Díez han sido depuradas por haberse opuesto a la confederalización de sus respectivas organizaciones políticas. Por lo mismo, las dos han sido objeto de insidias y de maledicencias, como antes lo fue otro depurado –Nicolás Redondo Terreros– que optó, o se vio obligado a optar, por una salida más discreta.

Las dos representan un momento histórico de sus respectivas organizaciones, que es tanto como decir de nuestro país: la posibilidad de dos opciones diferentes, con perfiles ideológicos bien distintos, pero capaces de entenderse en algunos grandes asuntos básicos, en particular la defensa de la nación, la defensa de la libertad y la defensa de la democracia como bien último, no como un instrumento al servicio de una partitocracia parasitaria, revestida con los oropeles de la gestión en un caso y de la ideología en otro.

En estos momentos, resulta casi impensable imaginar que de estas dos disidentes depuradas pueda surgir una renovación a fondo del sistema partitocrático español. Además, esa máquina de producir e inocular ideología en que se ha convertido el PSOE induce a sus votantes a no dejar la droga dura que se les suministra y que tanta euforia, y tanto odio, les produce. Así que Rosa Díez probablemente recogerá, como ya ocurrió el pasado 9 de marzo, buena parte de los descontentos del PP, menos enganchados a la ideología que los del PSOE. Pero no cabe descartar que lo que está ocurriendo en el PP ahora mismo acabe pasando también en el PSOE. El proyecto de confederalización de los partidos nacionales abre demasiadas incógnitas y plantea tales conflictos que no resulta descabellado pensar que de estas dos políticas depuradas surja algo nuevo, que traiga consigo el descalabro de quien se las promete muy felices a costa del bien común.

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