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El otro día, en el Programa de Federico en LD Televisión, tuve la ocasión de recordar los años en los que viví de lleno el apogeo del sesentayochismo. En la Universidad de Vincennes, en París, a mediados de los años setenta, daban clase Deleuze –temprano por la mañana–, Lyotard –por la tarde, con un ambiente muy cargado que a veces terminaba en provocaciones y broncas–, la maoísta delirante Maria Antonieta Macciocchi y algún travesti, como la encantadora Marie Hélène d´Horizon, protagonista por entonces de una película de Adolfo –luego Udolfo– Arrieta. El salón de actos lo habían convertido en un supermercado de la droga libre. Matricularon a un caballo en Filosofía y al parecer, unos años después ya era licenciado.
Cuando en alguna rara ocasión he ido a la Facultad de Ciencias Políticas o a la de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense, he comprobado que los alumnos se esfuerzan laboriosamente por imitar aquel escenario. Hay algún grupo pasándose un porro en los pasillos, otros van disfrazados de palestinos de los de la Intifada o de nekanes alternativas (es decir, de presentadoras de CNN+), y de las paredes cuelgan papeles sucios con consignas revolucionarias y críticas al capitalismo.
Resulta patético. El esfuerzo imitativo podía haber sido empleado en algo más fructífero: aquello ya se hizo y no se sabe qué interés tiene intentar repetirlo. También da la impresión de que los rebeldes de ahora siguen la senda que les marcan unos profesores que viven una y otra vez, compulsivamente, la fantasmagoría sesentayochista, o marxista, o revolucionaria de su juventud. Cobrando, eso sí, su sueldo de funcionarios. Si no fuera por eso, es decir, por la nómina garantizada a cargo del presupuesto público, lo más seguro es que la supuesta rebeldía se habría volatilizado hace mucho tiempo y los alumnos no perderían unos años irrecuperables tratando de ajustar su conducta a los sueños frustrados de sus mayores.
Probablemente ahí está la raíz de algunos de los problemas de la actualidad. En los años sesenta y setenta se dinamitaron los grandes consensos, fundados sobre valores morales compartidos, sobre los que descansaba el Estado de bienestar. Pero no se puso en duda éste. Al contrario, fue ampliándose cada vez más pero ya sin el control que imponían esos grandes consensos pulverizados. El resultado es ese peculiar nuevo socialismo de corte libertario que ha sustituido a la socialdemocracia clásica.
Ante la crisis actual, ese nuevo socialismo ha vuelto a cobrar actualidad y de nuevo suscita adhesiones en personas de todos los partidos. Así se ha podido comprobar en la fe ciega en la omnipotencia del Estado, al que se le otorga, asombrosamente, la capacidad de garantizar y rescatarlo todo. Ese mismo Estado se considera defensor y promotor último de “derechos” y “libertades” que son en buena parte privilegios surgidos al calor del desplome del consenso moral.
España se ha convertido en un ejemplo de laboratorio para entender cómo el Estado basará a partir de ahora su gigantesco poder no ya en la coacción, sino en el intento de convencernos a todos de que tenemos derecho a todo en todo momento.
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