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Dos formas de hacer política

La política ha quedado convertida en una lucha descarnada por el poder, ajena a cualquier idea, a cualquier apelación a un sentimiento noble y generoso, a cualquier ambición que no sea la personal de los profesionales que la practican.

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Llama la atención el interés que en España han suscitado las elecciones norteamericanas y el advenimiento de Barack Obama. Hace unos años, muy pocos, resultaba impensable tanta curiosidad, y menos aún un grado de conocimiento tan alto como el que está demostrando un sector cada vez más importante de la opinión pública. ¿Qué ha pasado?

Obviamente, los españoles se han dado cuenta, desde la Guerra de Irak, de la importancia de la política internacional y más en particular de la relevancia de las decisiones que se toman en Estados Unidos. Vivimos una etapa de descrédito internacional de nuestro país, pero una parte importante de la opinión pública, seguramente la más relevante, no se ha resignado ni siente ya la tentación del aislacionismo, al contrario. (Nadie en la esfera pública saca las conclusiones de este hecho fundamental). También hay una tendencia a interpretar la política norteamericana en clave española y a proyectar sobre aquella, tan desmesurada en muchos aspectos, los detalles, más domésticos, de la nuestra.

Asimismo, se ha dicho a veces que hay un cierto grado de papanatismo. No lo niego, pero me parece que esto no es lo fundamental. Basta intentar describir la política española que se está haciendo para entender a qué se debe, además de todo lo dicho antes, ese interés.

La política española se ha convertido en los últimos años en el eterno retorno de lo mismo. Lo único que progresa son los nacionalismos y una ola cada vez más turbia relacionada con los resortes morales, los peores de cada ser humano, que los socialistas y los nacionalistas de todos los partidos han utilizado para llegar y mantenerse en el poder.

La política ha quedado convertida en una lucha descarnada por el poder, ajena a cualquier idea, a cualquier apelación a un sentimiento noble y generoso, a cualquier ambición que no sea la personal de los profesionales que la practican.

Esta forma de ejercicio de la política había ido contagiando a todos los partidos. Quedaba, vivo a medias, el Partido Popular. La ofensiva contra una Esperanza Aguirre que se ha encerrado, como si no se atreviera a romper con la casta, en posiciones defensivas y de supervivencia; lo ocurrido en el País Vasco tras las últimas elecciones; o las relaciones compulsivas que el PP mantiene con los medios de comunicación que le han apoyado demuestran que ya no es así.

La política norteamericana también es una batalla, como siempre lo ha sido la política, por el poder. Mucho más despiadada y más corrupta que aquí, por cierto. Pero también ofrece ocasiones de renovación, como acaba de ocurrir, y plantea debates de ideas que aunque a buena parte de la población le importan poco acaban recogiendo el sentir de la gente y plasmándolo en instrumentos de acción y en propuestas de orden general. De eso no hay aquí ni rastro.

Se entiende mejor por qué a tantos nos interesa tanto la política norteamericana.

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