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Aznar y Zapatero

Dos personalidades, dos políticas

Aznar tiene fama de hombre frío, distante, adusto. Fama merecida, sin duda. Rodríguez Zapatero cultiva la apariencia de hombre afable, cercano, asequible. Son dos imágenes que se trasladan, en la mitología política española tal como la describen las encuestas, a dos formas de hacer política: dominante e impersonal la una; dialogante y cordial la otra.

Las dos imágenes han sido puestas a prueba en estos días, con ocasión del aniversario del atroz asesinato de Miguel Ángel Blanco. El resultado es exactamente el contrario al previsto según el tópico. Rodríguez Zapatero se mantenido alejado de la familia de Miguel Ángel. Nada de muestras de proximidad o de simpatía. La sensibilidad, si es que la tiene, no se ha manifestado en ningún momento, como ha estado siempre ausente en los momentos graves. Aznar, por su parte, ha estado una vez más con las víctimas del terrorismo y, como le suele ocurrir en estas circunstancias, apenas pudo contener la emoción al recordar aquellas fechas en unas declaraciones a Libertad Digital Televisión. Se ha demostrado una vez más que Aznar, además de un animal político de raza, es un hombre con sensibilidad a flor de piel en determinados asuntos.

Uno de ellos –no el único– es el del dolor causado por el terrorismo. Aznar es capaz de sentir compasión hacia quienes han sufrido la violencia terrorista. Compasión en el sentido más fuerte: sufrir con el prójimo. A Aznar le resulta muy difícil, en cambio, manipular los sentimientos que ese mismo sufrimiento suscita.

Rodríguez Zapatero es al revés. Siendo sumamente limitada su capacidad de compasión, resulta incalculable, en cambio, su disposición a utilizar los sentimientos y las buenas intenciones que ese dolor produce. Rodríguez Zapatero no tiene pudor alguno en hablar de su "ansia infinita de paz" mientras ignora este aniversario, que debería ser fundacional en la democracia española.

La habilidad manipuladora de Rodríguez Zapatero llega al punto de convertir la acción que se deduce de la actitud de Aznar, que es la condena firme de los etarras y el objetivo de derrotarlos, en una simple maniobra política.

Días terribles estos, en los que parece que se martirizó a un español, a un amante de la libertad, para nada. Mientras, un presidente con escasos escrúpulos, disfrazado de hombre bueno, da lecciones de moral pública.