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Jean-François Revel

El activista liberal

Jean-François Revel fue heredero de la gran tradición liberal francesa, la que se remonta a Montaigne pasando por Montesquieu, Constant, Tocqueville, Jouvenel y Aron, entre otros muchos. Pero también heredó otra tradición, la del panfletario, el crítico movido a la política inmediata, el activista de las ideas.

Él mismo reivindicaba las Provinciales de Pascal como uno de los grandes panfletos de la literatura francesa, y en la patria de Voltaire, Revel renovó la actitud de los philosophes en el sentido francés de la palabra. No era hombre para analizar la realidad desde su torre de marfil, lo que le distinguió de Raymond Aron, maestro y compañero en tantas cosas.

Al contrario, Revel saltaba sobre las ideas que le parecían erróneas con la fruición de un gastrónomo ante la promesa de un gran plato, como escribió un amigo suyo, Plinio Apuleyo Mendoza en las páginas de La Ilustración Liberal.

No es de extrañar que le interesara tanto Estados Unidos. Allí la tradición panfletaria está en el origen mismo de la nación y alcanzó su punto más alto con el debate sobre la Constitución y la organización del Gobierno. El intelectual no es, del otro lado del Atlántico, una suerte de vaca sagrada que se ha apropiado del derecho a experimentar con la realidad y al que la sociedad tiene que escuchar como si fuera un oráculo. El intelectual, cuando interviene en la vida pública, es un hombre común y corriente, con unos conocimientos especializados eso sí, al que se le exigirán cuentas por sus posiciones. En más de un sentido, el intelectual es, además de un experto, un hombre de acción, y a Jean-François Revel, justamente, le aburría lo que no tuviera un efecto rápido sobre la realidad.

Como era un hombre extraordinariamente culto y de curiosidad inagotable, podía escribir con soltura e inteligencia sobre Proust, el arte, la religión e incluso la gastronomía. Su formación de filósofo le permitía, por otra parte, escribir con conocimiento de causa acerca de la historia de las ideas.

Pero él mismo, en su primer libro, declaró que el tiempo de la filosofía había pasado y que la reflexión debía hacerse ahora sobre la realidad. A eso se dedicó desde entonces, a mediados de los años cincuenta. Y toda su obra de periodista, editorialista, pensador y polemista se levanta sobre una obsesión: contribuir a que sus contemporáneos se emanciparan del moho ideológico que cubre la realidad, la realidad tal como es.

Ese es siempre el primer paso para ser libre: conocer la realidad de las cosas. Revel no se cansó nunca de denunciar la perversión totalitaria ni de insistir en que el totalitarismo pone siempre en juego los mismos mecanismos de mentira y falsificación, tanto en el fascismo como en el comunismo.

También comprendió pronto que el simple conocimiento no basta para que los hombres deseen la libertad. Eso le llevó a un análisis de la ceguera voluntaria –en El conocimiento inútil– que hoy, cuando nos enfrentamos otra vez al totalitarismo, esta vez en forma de nacionalismo e islamismo, resulta extremadamente útil para comprender por qué las sociedades europeas han vuelto a caer otra vez en los mismos errores.

Ni el desastre del socialismo, ni antes la barbarie nazi han logrado que aprendamos la lección. Bien es verdad que Revel, movido de una confianza y una energía inagotables, se negó a rendirse. Se solía mostrar algo escéptico, un poco al estilo de Montaigne, pero era más un gesto de cortesía que otra cosa. Con una prosa clara y asequible, en un francés clásico y articulado, emplazó a sus lectores europeos a mirar de frente a sus fantasmas –la tiranía totalitaria, en La gran mascarada–, y a los pretextos construidos para evitar enfrentarse a ella, como el antiamericanismo.

El paso de los años no difuminó ni su firmeza ni su convicción. Al contrario, el análisis se fue volviendo más fino y más contundente aún, si cabe. Por eso Revel parecía siempre joven, con ganas de pelear y divertirse. Lo demostró la última vez que estuvo en Madrid, en 2004.

Revel deja en España, que conocía bien y a la que quería, un nutrido grupo de admiradores y amigos. En la Francia de hoy en día, ensimismada en su propia decadencia, la relevancia política de Revel era forzosamente nula. No así su ejemplo. Además de dejar una gran obra, también contribuyó a la aparición de una generación de ensayistas y escritores –Alain Finkielkraut, André Glucksmann y Pascal Bruckner, entre otros– gracias a los cuales en Francia no se ha perdido ni la tradición del liberalismo ni el gusto por el activismo intelectual en la vida pública.

Su legado, desde este punto de vista, es monumental.

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