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El apagón que viene

Poco a poco se empiezan a saber los hechos concretos que condujeron al apagón del Nordeste de Estados Unidos y Canadá. También se empiezan a leer intentos de explicar lo que ha ocurrido: cómo una sobrecarga en un punto de la red al norte de Ohio pudo dejar sin luz a 50 millones de personas, y cómo –porque eso también es importante– el apagón no fue a más y pudo ser detenido antes de que siguiera “cascadeando”, como dicen los medios de comunicación americanos, por todo el continente.

Las explicaciones más verosímiles apuntan a una situación muy particular. En Estados Unidos ya han dejado atrás el viejo modelo regulado por el cual unas cuantas empresas se repartían el territorio y se encargaban ellas mismas de la producción y del suministro de energía eléctrica en la zona que controlaban. Pero tampoco se ha llegado a un verdadero modelo desregulado. Peor aún, se ha retrocedido en este campo porque no se ha invertido ni en producción de energía ni en modernizar la red de suministro.

Así que la demanda de electricidad sigue aumentando a un ritmo muy fuerte (en Estados Unidos, un 35% en la pasada década), mientras que la capacidad de distribución lo ha hecho a un ritmo mucho menor (un 15%). El colapso había sido previsto varias veces, y al final ha ocurrido de la forma más espectacular posible: dejando sin luz a Nueva York, ni más ni menos.

Es como la culminación del sueño de un ecologista, lo único que nos faltaba en este verano en el que la ola de calor parece corroborar la hipótesis del calentamiento del planeta, y los incendios la de que el hombre moderno se ha convertido en el mejor enemigo de la naturaleza.

Es al revés, por supuesto. Los incendios son provocados, e incluso cuando no lo son se propagan porque se está impidiendo una explotación racional de los bosques que permitiría limpiarlos y mantenerlos a salvo de los incendios. ¿Quién lo impide? El lobby ecologista. Lo demuestra Patrick Moore, fundador de Greenpeace, pero de cuando Greenpeace no era todavía un grupo de semiterroristas de izquierdas. Y en cuanto al calentamiento de la atmósfera, una hipótesis que va cobrando fuerza y que en los medios de comunicación se ha convertido ya en un lugar común, al que se le atribuye cualquier fenómeno atmosférico (sequías, lluvias, tornados o mareas, da igual), la solución no vendrá de poner trabas al consumo energético, sino de fomentar la inversión en fuentes de energía menos contaminantes.

Lo mismo pasa con el apagón de Nueva York, causado en última instancia por las trabas puestas a la inversión destinada a satisfacer una demanda creciente. Por eso resulta un poco absurdo que se nos quiera vender la idea de que Estados Unidos es un gigante con pies de barro.

Por otra parte, es verdad que en Europa parecen descartados estos apagones monumentales, porque a menor escala existen reguladores locales de la red eléctrica como los que en América impidieron que el apagón se extendiera por todo el continente. En cambio, lo que sí parece verosímil en Europa es un futuro muy negro si no se desregulan los precios y se permite invertir en nuevas formas de producción de energía: ya sea nuclear, de gas o incluso eólica. Pero el caso es que bastantes ecologistas también están contra la llamada “energía eólica”. Y es que, al parecer, perturba la vida natural.