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El Papa en Tierra Santa

El gran telón de fondo, al que el papa Francisco no puede ser ajeno, es, obviamente, el de la diáspora cristiana de Oriente Medio.

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La visita del papa Francisco a Tierra Santa era antes que nada un viaje ecuménico. El propio Pontífice lo dijo en Roma. La duración y las escalas estaban diseñadas para recordar el primer viaje de un Papa a Tierra Santa, el que Pablo VI realizó en 1964. Entonces la visita tuvo por objetivo estrechar lazos con la Iglesia ortodoxa, y esta vez se ha repetido el mismo gesto en el mismo sitio: el Santo Sepulcro, en Jerusalén.

Claro que ahora, como entonces, el viaje de un Papa a Tierra Santa no puede hurtarse a otras consideraciones. En 1964 el Vaticano no reconocía al Estado de Israel (el reconocimiento llegaría en 1993), y la Iglesia católica estaba empezando la evolución hacia un diálogo más fluido con el judaísmo. Ahora, después de Seelisberg, después de la declaración Nostra Aetate, después de todo el esfuerzo realizado por la Iglesia bajo Juan Pablo II y Benedicto XVI, las cosas son muy distintas.

El gran telón de fondo, al que el papa Francisco no puede ser ajeno, es, obviamente, el de la diáspora cristiana de Oriente Medio. En Belén, donde se ha desarrollado la segunda parte del viaje, los cristianos eran la mayoría de la población y hoy llegan, muy justos, al 15 por ciento. El Papa ha hecho múltiples referencias a este drama en sus intervenciones públicas en el Vaticano. Lo recordó en el discurso ante el rey Abdalá II y las demás autoridades jordanas, y luego en la misa en el Estadio Internacional de Amán, con la presencia de refugiados cristianos procedentes de Siria. Dos días después, ante Simón Peres volvió a recordar que las diversas comunidades cristianas que viven en Israel deben contribuir al bien de todos y a la consecución de la paz.

Su presencia y el respeto de sus derechos –como del resto de los derechos de cualquier otra denominación religiosa o minoría– son garantía de un sano pluralismo y prueba de la vitalidad de los valores democráticos, de su arraigo en la praxis y en la vida concreta del Estado.

El segundo día estuvo dedicado a Belén, y constituía una de las etapas más difíciles de un viaje plagado de trampas. El papa Francisco las sorteó de una forma sorprendentemente natural. En vez de tratar de olvidar la presencia del muro de separación, se acercó, apoyó la cabeza en el muro y rezó. Las consideraciones políticas quedaban descartadas en función de una ambición mayor y más profunda. Volverían, claro está, cuando el Papa expresó su deseo de ver el final del conflicto, apeló a la consolidación de dos Estados y luego, cuando nadie se lo esperaba, invitó a Mahmud Abás y a Simón Peres a rezar por la paz en el Vaticano. Ninguno de los dos líderes ha podido rechazar una tal invitación, que recupera de una forma extremadamente noble la antigua función mediadora de la Iglesia católica. Es posible que no sirva de nada, como se ha dicho, pero nunca vendrá mal, menos aún ahora que las negociaciones están otra vez bloqueadas. Peres, por su parte, no se olvidó de explicar al Papa que el muro de separación fue levantado para evitar losatentados terroristas.

La estancia en Jerusalén, el último día de la visita, debía sortear otras dificultades. La más sencilla era el escándalo de algunos ultraortodoxos ante la misa que el Papa iba a celebrar en el Monte Sión, en el recinto que alberga, según la tradición, la Tumba de David y la sala donde Jesús celebró la Última Cena. El edificio, sagrado para las tres religiones monoteístas, encarna como ningún otro la esencia de Jerusalén. La misa celebrada por el papa Francisco consiguió hacer visible algo que muchas veces se olvida cuando se trata este asunto, y es que las tres religiones surgen de un tronco común que las acoge a todas y sobre el cual cada una aporta una perspectiva singular, irreductible a las demás, es cierto, pero no por eso menos dependiente de las otras. La voluntad de excluir, desde este punto de vista, es absurda y, antes que eso, abominable. La respuesta ha venido de 400 rabinos norteamericanos, conservadores, reformistas y reconstruccionistas, que han apoyado el diálogo interreligioso. El Papa, por su parte, ha estado acompañado en su visita por su amigo el rabino bonaerense Abraham Skorka y por el dirigente islámico Omar Abud.

En cuanto a las discrepancias entre la Iglesia católica y el Estado de Israel, siguen sin resolver dos cuestiones clave para la Iglesia, la del reconocimiento de los tribunales de derecho canónico y la del régimen fiscal. Como era de esperar, esto no ha empañado la visita, que ha reforzado los lazos entre los dos Estados. En 1904 Pío X se negó a apoyar a Theodor Herzl en su proyecto sionista. El papa Francisco, por su parte, depositó una corona en la tumba del padre del Estado de Israel. Es difícil ser más explícito.

Finalmente, el Papa, ante el recuerdo del Holocausto en Yad Vashem y en presencia de algunos supervivientes, evitó cualquier actitud que no fuera la de la condena y el recuerdo. No hubo necesidad de hablar de perdón, ni de actitudes ya pasadas. El Papa se centró en lo esencial, que es la reflexión sobre la naturaleza sagrada de la humanidad. En realidad, esa es la reflexión que impulsó el giro del cristianismo y de los católicos con respecto al judaísmo después de la Segunda Guerra Mundial.

© elmed.io

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