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Terrorismo y cuestión nacional

El puesto vacante

Nadie se ha presentado a cubrir la plaza de agregado militar en Afganistán. Es una plaza creada en octubre de 2006, dotada de un sueldo importante, apetecible. ¿Por qué será?

Parece que en el Ejército se huelen la jugada de Rodríguez Zapatero, dispuesto a retirar las tropas españolas de Afganistán con tal de dar satisfacción a sus ansias íntimas de paz infinita y satisfacer de paso –algo nada desdeñable- a la franja radical de su electorado, que necesita movilizar cada vez más y sea cual sea el coste de la operación para el ya escasísimo prestigio internacional de España. En otras palabras, nadie quiere ser el responsable en el terreno de una espantada como la perpetrada en Irak, uno de las acciones más vergonzosas de una historia, la del Ejército español, que ha escrito muchas páginas gloriosas, aunque los socialistas no crean en esas cosas.

Rodríguez Zapatero empieza a culminar la tarea, en la que ha puesto todo su empeño, de romper el espinazo a las instituciones del Estado español. Alguien de buena fe diría que la anécdota de la agregaduría militar de Afganistán demuestra que pronto tendrá que arrepentirse: se quedará sin medios para cumplir su propia política.

No es así. A Rodríguez Zapatero y sus amigos no les importa quiénes ponen en marcha sus proyectos políticos, de naturaleza antidemocrática y anticonstitucional. En más de un sentido, esa vacante no cubierta es un triunfo para ellos. Han escenificado la demostración de que nadie en el Ejército está dispuesto a arriesgar nada por su país. La tibia –por decir algo– defensa que el PP hace de la política exterior de tiempos de Aznar no ayuda, precisamente.

Trasladada esta imagen a la actual situación vital y política de los españoles, proporciona el resultado siguiente.

Hay una opinión pública movilizada contra un Gobierno que ha decidido rehacer el país y fundar un nuevo régimen con los terroristas etarras como principales aliados y los nacionalistas de comparsas. A falta de una idea clara de lo que queremos hacer, es probable que la movilización ciudadana se estrelle, como se desvaneció el espíritu de Ermua, que en su momento pareció imparable. ¿Movilizaciones en solidaridad con las víctimas y en contra de la colaboración con los etarras? Todas las que haga falta. Teniendo bien claro, primero, que el problema de fondo es el socialismo español, su proyecto totalitario y su pacto con los terroristas y, segundo, qué se está dispuesto a hacer cuando le ha caído a uno la responsabilidad de rescatar España de ese proyecto y de ese pacto, del que al parecer hay incluso rastro escrito, por si faltaran indicios y demostraciones.