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Honduras

Estética y postmilitarismo

No parece dudoso que la mejor solución para la deriva antidemocrática de Zelaya en Honduras habría sido la destitución del presidente a cargo del Parlamento y, llegado el caso, su procesamiento. En cambio, el desenlace del largo golpe de Estado que Zelaya estaba iniciando –siguiendo el modelo chavista de referéndums– ha venido de la mano del ejército, que detuvo y expulsó del país a quien amenazaba con pulverizar el orden constitucional.

La condena de los hechos ha sido casi unánime. No extraña en gobiernos, como el español, que apoyan a Hugo Chávez en su proyecto de dictadura para Venezuela y de hegemonía populista en América Latina. Extraña algo más en quienes deberían ser capaces de transmitir a la opinión pública una opinión más matizada de lo que ha pasado en Honduras y, sin necesidad de aceptar la intervención del ejército, podrían haber tratado de explicar lo ocurrido, en particular los costes que habría tenido o podría tener la continuidad de Zelaya en la presidencia.

Hay en esta prudencia, por así llamarla, la corroboración de un prejuicio muy europeo, y muy progresista, sobre América Latina, como si los países latinoamericanos, en virtud de una patología propia de la que la estética del realismo mágico es el mejor reflejo, estuvieran sometidos a la fatalidad de no poder salir nunca del ciclo de inestabilidad democrática y golpes anticonstitucionales. Pues bien, Honduras es de esos países que salieron de ese ciclo hace ya veinticinco años, en los ochenta, y que ahora ven peligrar la libertad y la estabilidad institucional a causa de la ofensiva chavista, apoyada, justamente, por quienes hacen de la mitología de la monstruosidad latinoamericana –véase la amistad de Gabo con Castro– el pretexto para justificar la falta de libertad.

También hay otro tabú, aún más profundo, que atañe al papel de las fuerzas armadas en los regímenes democráticos. Al condenar automáticamente la reacción del ejército sin tener en cuenta las circunstancias en las que ha actuado, se descubre una visceralidad antimilitarista típica de la nueva izquierda de Rodríguez Zapatero. Parece haberla hecho suya una derecha que aspira a llegar al poder mediante la puesta en práctica de una política postideológica –haciéndose la cuenta de que puede llegar a imitar el fenómeno Obama– y, en lo que aquí nos concierne, postmilitar, como ha dicho Rafael Bardají. En resumidas cuentas, el ejército no tendría ningún papel y ninguna función en la defensa del orden constitucional. No es difícil comprender lo que esto quiere decir en un país como el nuestro. Una fórmula clásica dice que las revoluciones sólo ocurren cuando el poder constituido renuncia al uso de la fuerza. Rebajen la sentencia todo lo que quieran, el fondo seguirá siendo el mismo.