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Elecciones gallegas

Estrategias ganadoras

Las elecciones gallegas plantean algunos de los problemas cruciales a los que se enfrentan los españoles.

Por una parte, está un Partido Socialista que ha fijado su objetivo estratégico en impedir que el PP vuelva poder y para ello sigue profundizando su alianza –también estratégica– con los nacionalistas o, llegado el caso, con los independentistas. Para ello se necesita euskaldunizar, o mejor sería decir batasunizar el Partido Socialista, un proceso ya avanzado. También se necesita batasunizar Galicia, un proceso que se ha iniciado en estos últimos años, transplantando allí, a modo de experimento y en frío, lo que ya se ha hecho en el País Vasco y en Cataluña.

Por otra parte está el Partido Popular, que aparece como el último valladar ante la batasunización de Galicia, pero también como un partido que, habiendo heredado los complejos culturales de la derecha española desde los últimos tiempos de Franco, sigue empeñado en buscar una forma de legitimidad en las actitudes de izquierdas. En última instancia, acaba asimilando el discurso y las propuestas socialistas y nacionalistas.

Da la impresión de que los dos partidos han apostado por una estrategia perdedora. Los socialistas con mucha más intensidad, como lo demuestra el hecho de que no aspiren ya a conseguir la mayoría absoluta. Y el PP, que al menos en Galicia no ha renunciado a ella –y con razón–, porque más que basar este posible éxito en el avance de unas propuestas propias, parece confiar en el desgaste del adversario.

A modo de telón de fondo están los balbuceos del nuevo régimen, como demasiado generosamente se llama a esa superposición de intereses locales, tensiones perpetuas y amedrentamiento, cuando no violencia contra el adversario, que es el rostro actual del caciquismo español de toda la vida al que nuestra democracia, tan propiamente nuestra, ha dado nuevo pasto, reforzándolo y mejorándolo.

Si el Partido Popular no consigue la mayoría absoluta y se queda al margen del Gobierno gallego, este nuevo régimen habrá dado un paso más, probablemente decisivo. Y si la consigue, cabe esperar que empiece a darse cuenta de que a estas alturas una parte importante de la opinión pública espera de él algo más que un recambio gubernamental. El objetivo del Partido Socialista consiste en algo mucho más radical que eso, y es sobre todo esa ambición lo que le proporciona la apariencia –y con ella la ventaja– de tener una estrategia ganadora.