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Gays, pero no descerebrados

Hace unos cuantos años –pocos: yo mismo los he conocido–, la izquierda pensaba que la homosexualidad era la muestra más abyecta de degeneración burguesa. El homosexual era la representación, la esencia misma de todas las desviaciones, de todas las perversiones, de toda la esterilidad propia del capitalismo liberal. Lo más benigno era el insulto. Lo que se merecían de verdad eran los campos de concentración, como en Cuba.

A finales del siglo pasado, las estupideces sobre los que estaba montada la mixtificación izquierdista se vinieron abajo y la revolución por venir se quedó sin sujeto que propiciara su advenimiento. En vez de pensar que tal vez aquella era la ocasión de emprender un proceso de renovación ideológica, los huérfanos de la revolución se pusieron a buscar algún nuevo sujeto para aquel proceso que se había quedado sin nadie que lo encarnara. Fue entonces cuando la izquierda descubrió la multiculturalidad, la ecología, el feminismo y, como no podía ser menos, a los homosexuales.

Desde entonces, la demagogia ha ido imponiéndose. Los mismos que consideraban repulsivos a los homosexuales han querido hacer de ellos los protagonistas de una historia que se ha quedado sin guión. Aún más sorprendente ha sido comprobar que una parte del movimiento homosexual, o gay, haya aceptado el papel que se les ha ofrecido. De hecho, se equipara la condición gay a una posición política radical. Lo que cuenta para estos nostálgicos no es la normalización de la condición gay, sino el cambio en la sociedad a partir de una fantasía radicalizada de la homosexualidad. Ahí empieza a asomar la antigua querencia estalinista. Un gay que no sea de izquierdas –¡qué escándalo!– traiciona su condición de homosexual.

El tema más candente en este debate está siendo el del derecho de las parejas gays a contraer matrimonio. Para justificar su posición en contra, la derecha conservadora aduce que degradará la institución del matrimonio y de la familia. Es una posición razonable. La izquierda, en cambio lo reivindica como si el matrimonio fuera un derecho natural. Pero en rigor, la reivindicación del matrimonio para los gays puede ser argumentada de dos maneras. O bien –desde un punto de vista estrictamente liberal– aduciendo que los individuos son autónomos y que el Estado debe ser neutral en cuanto a sus decisiones morales. O bien –desde un punto de vista conservador–, afirmando que la institución del matrimonio, que requiere compromiso, exigencia moral y responsabilidad, ayuda a estabilizar y por tanto a ordenar la vida de la gente, sea gay o no gay. Ninguno de los dos argumentos tiene nada que ver con ningún cambio radical en la sociedad.

Se sabe ya que en Estados Unidos el voto de los gays, como el voto judío, está pasando bastante rápidamente del partido demócrata al partido republicano. Hay varias razones que lo explican. Algunas son de índole general, como el hecho de que la claridad de la administración Bush frente al terrorismo ha hecho mella en el conjunto del electorado después del 11 de septiembre. Otras son más específicas. Los votantes gays tienen unos ingresos superiores a la media, y, como es natural, prefieren que el gobierno esté lo más lejos posible de su dinero. Además, a estos nuevos gays no les gusta el intervencionismo socializante de los demócratas, que a estas alturas todavía se creen capaces de decirle a la gente cómo debe vivir su vida. Gays, sí, pero no descerebrados.

(Para una discusión sobre estos temas desde un punto de vista liberal y liberal-conservador, les recomiendo la página web del Independent Gay Forum. Uno de los temas de reflexión que propone es por qué a los jóvenes gays les gusta Ayn Rand.)


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