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Pizarro-Gallardón

Gran operación... con matices

Los resultados de la doble operación Pizarro–Gallardón son excelentes para la derecha española. Como se ha dicho todo, o casi todo, no es cuestión de repetirlo una vez más.

Hay algunos matices que se podían haber tenido en cuenta. Probablemente habría sido más conveniente dejar las cosas claras con Gallardón hace ya mucho tiempo, cuando empezó a postularse como candidato… a suceder a Rajoy, adelantando así la derrota de su propio partido. Tomar la iniciativa entonces habría evitado un desgaste inútil en el PP, en particular en el PP de Madrid y más en particular para Esperanza Aguirre, sobre la que recae ahora el peso de una decisión que no le correspondía, ni podía ser suya. La Presidenta parece, por ahora, la “ganadora” tras una supuesta “derrota” de un hombre que gozaba –inexplicablemente para mí, aunque reconozco su buena gestión en algunas cuestiones– de una popularidad importante.

Una decisión más temprana también habría evitado a Mariano Rajoy la erosión que ha sufrido su liderazgo. Durante meses se ha dudado de su capacidad para poner coto a la deriva hacia esa rancia especie de postmodernidad que representaba Gallardón, con su corte de bufones y titiriteros progres y su proyecto de continuación de la desvertebración de España que tanto le gusta al PSOE. Rajoy lo ha hecho, pero tarde y sin asumir del todo –esa es la impresión que da– la responsabilidad de la decisión. Quizás todavía esté a tiempo de cambiar esa impresión.

Es posible que la filtración del fichaje de Manuel Pizarro formara parte de toda la operación. El caso es que merecía otra presentación, con unas formas más atractivas y sobre todo más respetuosas con los electores. La entrada de Pizarro en política no es un hecho menor. Tiene de por sí un significado profundo y serio, de largo alcance. Pizarro encarna un proyecto ambicioso para España, no sólo en lo económico. Contrasta con el inmovilismo oportunista de Rato y la inutilidad del oficinista Solbes.

Pero además de que han faltado argumentos, ideas y propuestas que encajen a Manuel Pizarro en un proyecto que aspire a restaurar el maltrecho Estado español y la libertad amenazada de los españoles, también la incorporación ha sido tardía. Desbarata –gracias a Dios–, el montaje en torno a Juan Costa, que a su vez había desbaratado el trabajo de quienes habían pasado estos cuatro años trabajando a pie de obra en el PP, cerca de Rajoy. Demasiadas víctimas innecesarias en el camino.

Como los resultados son buenos, y la política, en particular en España, se hace a golpe de improvisación, bien está lo que bien acaba. Pero de todo el proceso se deduce una cierta inconsistencia en el mensaje y las formas. Se ha generado una desconfianza que habrá que despejar, y rápido. A ver si se empieza a rectificar de una vez.