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Hay margen de acción

Lo peor es la impotencia. De seguir en esta conducta, los europeos tendrán que ver cómo Rusia se impone en el Cáucaso, cómo interviene en Ucrania y cómo acaba imponiendo un precio desmedido, político, a los suministros de gas.

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La primera reacción a la invasión de Georgia por Rusia ha venido bastante pronto, más de lo que el desconcierto de los primeros días dejaba esperar. El jueves Estados Unidos y Polonia acordaron el despliegue de misiles defensivos norteamericanos en territorio polaco. El gesto ha enfurecido al nuevo zar Vladimir Putin y a su corte moscovita, en contraste con la condescendencia que mereció la propuesta de alto el fuego europeo. No es que la iniciativa de Sarkozy haya sido desdeñable, pero sus resultados han dejado bien claro la consideración que les merece a los rusos. Ni han respetado el alto el fuego ni están dispuestos a retirarse. Más bien están en camino de conseguir sus objetivos, que son destituir al presidente Saakashvili y neutralizar la democracia georgiana para convertirla en una marioneta del Kremlin.

El papel poco lucido de la Unión Europea, o de la Europa occidental si se prefiere, se podía deducir de su acción previa. Se han aceptado las derivas monopolísticas rusas, se ha aceptado el crimen político y la violación de cualquier respeto a la libertad de expresión. Alemanes y franceses se negaron a que Ucrania y Georgia entraran en la OTAN por obsequiosidad o por miedo hacia Rusia, e incluso ahora se escuchan voces, muy autorizadas, que responsabilizan a Saakashvili de lo ocurrido. Así que los rusos, que les tienen bien tomada la medida a los europeos, han vuelto a manifestar el escaso respeto que nos tienen.

Lo peor no es la humillación. Lo peor es la impotencia. De seguir en esta conducta, los europeos tendrán que ver cómo Rusia se impone en el Cáucaso, cómo interviene en Ucrania y cómo acaba imponiendo un precio desmedido, político, a los suministros de gas.

Ahora bien, si quieren, los países europeos pueden actuar como lo ha empezado a hacer Estados Unidos, rectificando toda una política de cesión nacida de cuando Bush miraba a Putin a los ojos y salía de la experiencia lleno de confianza en su colega. Se puede apoyar con gestos prácticos a las democracias vecinas de Rusia, como acaba de ocurrir con Polonia. Se puede plantear iniciativas propias, como la expulsión de Rusia del G-8 y, en general, el aislamiento de la potencia autocrática. Se puede empezar a diseñar una nueva política energética que no signifique ceder siempre al expansionismo soviético, quiero decir ruso. Por ejemplo, Gerhard Schroeder debería abandonar sus cargos en una compañía de energía dependiente de Gazprom. ¿Y por qué los que tanto han preconizado el boicot a los Juegos Olímpicos de Pekín no están ya clamando por el boicot a los Juegos Olímpicos de Invierno?

Como cualquier acción militar está descartada de antemano, un Gobierno como el español, autoproclamado defensor de los derechos humanos y partidario siempre de las medidas políticas, tendría un campo muy ancho para actuar. Como siempre, nos estamos limitando a apoyar las medidas que tome la Unión Europea (¿cualesquiera que sean?), como si este conflicto no nos afectara y nos fuera dado contemplarlo cómodamente desde la barrera. Seguro que Moratinos, tan sentimental, echa de menos a Shevardnadze. ¿Pedirá que vuelva?

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