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Columna publicada el 20-05-2004
Madrid debe su condición de capital de España a la monarquía. En buena medida también le debe su esplendor. La Plaza Mayor, el Prado, los Jerónimos y el Retiro, la Puerta de Alcalá, el Palacio y la Plaza de Oriente, el Teatro Real, los jardines del Moro y la calle Bailén, todo esto y mucho más es iniciativa directa de los reyes de España. Los reyes también patrocinaron y facilitaron muchos de los proyectos que hicieron de Madrid lo que es hoy, por ejemplo los ensanches de Argüelles y de Salamanca, la Ciudad Universitaria y grandes edificios institucionales como la Biblioteca Nacional, el Congreso y el Senado.
La propia naturaleza de la ciudad de Madrid se debe a la naturaleza de la Corona de España. A pesar de la grandiosidad de algunos de sus paisajes, Madrid no es una ciudad imperial como Londres o Viena. Tampoco es una ciudad dictada por un designio real, como París. Es la capital de una nación diversa, con una extraordinaria capacidad de integración, capaz de hacer suya cualquier propuesta interesante, venga de donde venga. El carácter de Madrid responde bien a la conciencia de esa peculiar posición: curioso, abierto, tolerante, un poco insolente y elegante a fuerza de ironía, porque siendo consciente de su propia superioridad, sabe por instinto que ésta consiste en no exhibirla demasiado, para que nadie deje de sentirse representado en Madrid.
Probablemente ha llegado la hora de ser un poco más audaces de lo que los madrileños lo han sido hasta ahora. La boda del Príncipe de Asturias con su prometida proporciona una ocasión inmejorable de enseñar a todo el mundo lo hermosa y lo atractiva es la ciudad en la que vivimos. Es una celebración de la continuidad de la dinastía, de la continuidad de la Nación y también del futuro de Madrid. El alcalde y su equipo están adornando algunas de las principales calles de Madrid para la ocasión. Los madrileños podemos contribuir a este homenaje con un gesto bien sencillo. Colgar de los balcones y las ventanas la bandera de España.
Así los madrileños expresarán su alegría por el acontecimiento, y la confianza en el futuro. De paso, suscitaremos una vez más el despecho y la envidia del rebaño de catetos nacionalistas. Sería triste que en Madrid no se viera en estos días más banderas nacionales que las de los edificios oficiales.

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