Opinión
Noticias y opinión en la red
Guerra de Irak

La derrota como victoria

Las celebraciones mediáticas del quinto aniversario de la guerra de Irak han venido a demostrar, por si alguien no se había enterado, que la guerra la han ganado quienes se opusieron a ella. La afirmación va en contra del sentido común y de la realidad. La guerra se empezó a ganar cuando se destruyó el régimen filonazi de Sadam Hussein y se liberó a los iraquíes del déspota.

La guerra se ha continuado ganando después, a pesar de todos los esfuerzos en contra de la alianza entre terroristas islamistas y progresistas occidentales, cuando se ha ido consiguiendo reducir la violencia, restablecer la normalidad en muy amplias zonas del país y empezar a considerar incluso la posibilidad de una retirada ordenada de una parte de las tropas.

En los países europeos, esta retirada no se produjo hasta muchas décadas después de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Ahora en cambio se pide que la retirada sea lo más rápida posible, casi inmediata, como lo decidido y preconizado por Rodríguez Zapatero antes de dejar de ser el presidente accidental.

Parece que hasta que el territorio iraquí no sea abandonado no se cumplirá de modo definitivo la victoria de quienes han celebrado en estos días el inicio de la guerra como el principio de un desquite largamente esperado, sobre todo tras el colapso del socialismo real, consecuencia a su vez de una ofensiva moral, cultural e ideológica protagonizada por los cristianos creyentes, los liberales y los conservadores en buena parte del mundo, en particular en los países anglosajones y sobre todo en Estados Unidos.

Así que la demostración de que Estados Unidos ha sido derrotado en Irak es imprescindible para seguir construyendo la imagen de un progresismo en alza. Allí encalló, en este mito que hemos visto elaborarse bajo nuestros propios ojos, todo lo que se oponía a la marejada progresista. Para ello se borra, al estilo de Fernando VII cuando volvió a España tras la Guerra de Independencia, estos últimos cinco años. Estos días hemos vuelto, literalmente, al 19 de marzo de 2003. Se falsifica descaradamente la realidad, hablando de las atrocidades cometidas, por ejemplo, en Abu Ghraib (¿pero de qué atrocidades se está hablando?). Se silencian las cometidas por el régimen de Sadam Hussein, como apenas se habla de las fosas de enterramientos que siguen apareciendo. Se olvida la naturaleza misma de la guerra, rápida y con mínimas bajas civiles. Se da carpetazo a los avances políticos y al retroceso de Al Qaeda.

Y, ni qué decir tiene, se deja en una discreta penumbra el respaldo de la ONU, votado por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, a la presencia de tropas extranjeras en Irak. Esta es la guinda del pastel amasado durante estos años y servido en estos días: la nueva capacidad del progresismo para decir una cosa y hacer la contraria desvela su auténtica naturaleza. Puede que no todos lo crean, pero la mayoría debe llegar a estar convencida de que las contradicciones no existen, que se puede hacer simultáneamente una cosa y la contraria, que se ha disuelto la realidad misma.