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Abstención de la derecha

La fiera

La estrategia del Partido Popular para ganar las elecciones y gobernar, una vez ganadas, tiene dos fases. La una, en la que estamos, es dejar de lado cualquier arista que pueda suscitar algún problema en algún posible votante. La estrategia implica una renuncia: el centro derecha política español no quiere ser una referencia cultural ni ideológica de la sociedad española. En realidad, y salvo casos muy específicos, es algo que la derecha política española nunca ha querido ser desde hace como mínimo cuarenta años. Cualquier esfuerzo en este sentido se ha hecho siempre al margen de la política o dando por descontado que con toda probabilidad la derecha política intentaría desmarcarse, cuando no algo peor.

La segunda fase de esta estrategia es suponer que una vez en el Gobierno, el centro derecha será capaz de conquistar las mentes y los corazones no ya de los españoles, sino de todos aquellos que se han hecho con la cultura española, sistemáticamente apoyados por la izquierda. En este caso, el ejercicio de extrema humildad de la primera fase estratégica se muda en otro que se podría calificar de soberbia notable: el PP actual se cree en condiciones de domar la fiera desatada en estos años...

Ya no habrá más campañas de medios como la del Prestige, ni huelgas generales, ni problemas en la enseñanza pública (convertida hoy en una máquina de adoctrinamiento ideológico). A cambio de la abstención actual del PP, los sindicatos, los medios de comunicación, los profesores-funcionarios se portarán con sensatez, altruismo y generosidad. Reinará una paz ejemplar en la que se aplicará a escala española el modelo elaborado por Ruiz Gallardón en Madrid.

Es posible que se consiga, aunque hay varios argumentos en contra. Uno es el coste de la operación, que requerirá un Gobierno dispuesto a poner sobre la mesa todo lo que sea necesario para conseguir la tranquilidad. Es dudoso que lo que es asequible en política local, aunque sea con las dimensiones de Madrid, se consiga en la política nacional, en particular en las condiciones económicas actuales.

Por otro lado, estos últimos años han servido para movilizar a la izquierda más radical, que se ha hecho con el eje del debate público. Hoy se hacen con toda naturalidad afirmaciones que no se habían oído en España, salvo en círculos marginales, desde hace décadas. La izquierda española no se ha ido civilizando con los años. Se ha ido haciendo más y más extremosa, más intolerante.

Frente a eso, se entiende que el PP no quiera ni oír hablar de un movimiento simétrico de radicalización. Aun así, eso no tendría por qué llevarle a abdicar de cualquier gesto que pudiera convertirlo en una referencia cultural e ideológica de la sociedad española. En ningún país occidental ha ocurrido algo parecido. Una sociedad avanzada y diversa, como la española, no puede vivir con una única referencia cultural e ideológica. Necesita pluralidad, debate. Lo demás es lo que estamos viviendo una vuelta atrás al primitivismo, a la brutalidad. Además, es muy probable que la abstención, en vez de calmar la radicalidad, la suscite. ¿En virtud de qué se tiene que aceptar el papel de víctima de una guerra ideológica permanente?
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