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La foto y la carta

La admiración y el respeto que una vez suscitamos han dejado paso al desprecio. En las jóvenes democracias de la nueva Europa, incluida Georgia, no parecemos ya un posible líder sino un país resabiado, cínico, ensimismado.

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Vivimos en un país curioso. A la hora de hacer un "chequeo a 30 años de democracia" en El Mundo, a la periodista que entrevista a Aznar no se le ocurre preguntarle acerca del significado del apoyo del Gobierno del PP a la intervención en Irak, sino sobre la "foto de las Azores". Será algo parecido, pero no es lo mismo. Sobre todo porque el recurso al cliché, en vez de invitar al análisis, contribuye sin remedio a confundir el pasado… y el presente.

Detrás de la famosa foto de las Azores no estaba sólo el alineamiento de España con los países más democráticos y más libres del mundo. También avanzaba una posición nueva de España en Europa. Así lo demostró el artículo en forma de carta abierta publicada en el Wall Street Journal, tan importante como la foto. En aquella carta España manifestaba su discrepancia con el núcleo antinorteamericano de la vieja Europa, que entonces formaban Francia, Alemania y sus satélites. El artículo fue redactado en Madrid y firmado, al final, por dieciocho países. España daba un paso al frente para liderar la nueva Europa, en buena medida formada por los países de la antigua Europa del Este que entonces, como ahora, sabían muy bien el enemigo al que se enfrentarían más temprano que tarde: tanto como el terrorismo islámico, el vecino imperial del que se habían empezado a emancipar hacía pocos años.

La retórica sobre la foto de las Azores –y mucho más su utilización política, claro está– no sólo nos ha hecho desaparecer de una parte del escenario político internacional, el de las potencias capaces de intervenir en la realidad que nos afecta a todos. Nos ha hundido en el descrédito en la opinión pública de aquellos países que creyeron una vez que España, un país modelo por su transición, su desarrollo económico y su alineación atlantista, sería un aliado importante a la hora de contribuir a defenderlos. Quisieron ser como nosotros fuimos, y confiaban en que seguiríamos siendo lo que parecía que habíamos llegado a ser.

La admiración y el respeto que una vez suscitamos han dejado paso al desprecio. En las jóvenes democracias de la nueva Europa, incluida Georgia, no parecemos ya un posible líder sino un país resabiado, cínico, ensimismado, sin más aspiración que la de acomodarse lo mejor posible, en función de criterios políticos puramente partidistas, a la realidad dictada por los poderosos. Saakashvili, que habla español, andará preguntándose para qué, y si de verdad fue en esta lengua en la que se escribió el Quijote.

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