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Catedral de Córdoba

La reconquista

De todos los territorios que ocuparon los musulmanes en su expansión en los siglos VII y VIII, quedan muy pocos países en los que se puedan contemplar monumentos árabes antiguos, anteriores al siglo XV. Uno de ellos es España.

Como cada nueva dinastía árabe tenía por costumbre empezar de cero, arrasaba con casi todo lo construido antes de su llegada al poder. El adanismo de Zapatero tiene en esta tradición un precedente notable.

Los reyes españoles –y católicos– tuvieron en cambio la cortesía y el buen gusto de preservar algunos de los grandes monumentos árabes situados en los territorios que iban reconquistando. Reconquistando insidiosamente, diría un conocido ideólogo del Grupo Prisa. Gracias a esa sensibilidad estética y a ese sentido de la continuidad histórica, en el país que encarnó la defensa del cristianismo se conservan muchos más monumentos árabes que en casi cualquier otro sitio.

Hasta hace bien relativamente poco tiempo, los resultados de esta paradoja fueron del orden de lo folklórico: la España supuestamente oriental de los románticos o las neblinosas disquisiciones sobre las tres almas de la cultura española de don Américo Castro y sus discípulos.

Pasaron a ser un poco más inquietantes cuando sobre el folklore se engarzó la aversión a España y a lo español propio de una generación de intelectuales criados en el franquismo, como Juan Goytisolo, que copiaban las modas "anticulturales" norteamericanas tamizadas por el esnobismo estético francés.

Y han cobrado un cariz nuevo con dos hechos: la llegada al poder de una generación educada en esa mitología antiespañola y que cree en ella como en un dogma de fe –con Zapatero como símbolo y ariete político–, y la declaración de la nueva yihad, o guerra santa contra Occidente, que se fue fraguando en los años noventa y quedó rubricada el 11-S.

Cualquier gesto, desde esta perspectiva, tiene una importancia crucial. Más aún en España que es, después de Israel, el segundo país occidental donde mayor virulencia va a alcanzar esta ofensiva. Estamos en primera línea. Y lo estamos todos, no sólo las ciudades españolas del otro lado del Estrecho o quienes viven cerca de ese vivero de islamistas que es el barrio del Príncipe en Ceuta.

Que nadie se haga ilusiones, por tanto, con declaraciones de apariencia simbólica como el de querer introducir el culto islámico en la catedral de Córdoba. No tiene un solo argumento histórico, jurídico y mucho menos religioso (¿?) que lo sostenga. Pero forma parte de una estrategia radical y de fondo. Y nada insidiosa, por cierto.