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La última de Villepin

Dominique de Villepin, el ministro de Asuntos Exteriores francés, ha sido el mejor aliado que ha tenido Sadam Husein. También tiene aficiones literarias. Hace poco publicó un volumen con una antología de sus poesías favoritas. Y además de parodiar a Chateaubriand y de colaborar con un dictador terrorista y neonazi, también hemos descubierto que le gusta jugar al inspector Clouseau.

Es conocido el patinazo que le ha llevado a intentar una operación de rescate, en territorio colombiano, de Ingrid Betancourt. La prensa francesa ha venido tratando a Betancourt como una heroína, mayormente porque tiene el privilegio, por así decirlo, de ser francesa por matrimonio, y porque su segundo libro fue publicado en francés antes de serlo en español. Como decía Le Monde, con esa arrogancia inimitable, “el libro de Betancourt molestó a sus compatriotas, en particular porque tuvieron que esperar hasta poder leerlo, mientras lo traducían al español”. En el mismo artículo, Le Monde seguía hablando de la misoginia de los colombianos, a pesar de la cual el presidente Uribe, “considerado un reaccionario”, sorprendió al nombrar a varias mujeres al frente de su gobierno. (30.07.93)

Total, que a mediados del mes pasado Villepin decidió mandar un Hércules con personal militar y diplomático francés para rescatar a Ingrid Betancourt, que lleva 18 meses secuestrada por la guerrilla de las FARC 18. La operación fue totalmente secreta. Villepin no avisó ni siquiera a las autoridades brasileñas de que un avión francés iba a utilizar el espacio aéreo de Brasil. Fue descubierto, como no podía ser menos, porque en Brasil ya no viven sólo tribus caníbales, como se debe imaginar Villepin y el gobierno francés. El periódico brasileño Carta Capital sacó a relucir todo el asunto. Otro diario, Extra, aseguró que Villepin había negociado directamente con las FARC, sin tener en cuenta a Uribe, notorio “reaccionario” según Le Monde.

Villepin lo ha desmentido y ha hablado de una “operación humanitaria”. El gobierno francés ha tenido que pedir disculpas ante el brasileño. Villepin no lo ha hecho. Ha lamentado el error. Algunos políticos de Brasil han dicho lo que todo el mundo piensa: que Francia se ha querido portar en América Latina como lo hace con sus antiguas colonias africanas. Unilateralmente, sin tener la menor consideración con los gobiernos ni la opinión pública de esos países. Francia se dedica a jugar a la potencia imperialista, con su avión Hércules y negociando directamente con los terroristas, es decir poniendo en peligro la política antiterrorista de Uribe.

Luego ha ido saliendo el vodevil parisino, que resulta más cómico. Libération informaba (29.07.03) el lío que ha montado Villepin entre el Quai d’Orsay, Matignon, el Elíseo y la sede del Ministerio del Interior, que no sé cómo se llama. Resulta que Villepin no había dicho nada a nadie. Chirac dijo en un primer momento “no haber sido informado”, antes de asegurar, tras una bronca al parecer monumental, que había dado un “acuerdo de principio”. El gabinete de prensa de Raffarin afirma que el primer ministro sí que lo sabía, pero no ha sido capaz de decir desde cuándo. Añade que el asunto, “lógicamente” (Raffarin no tiene ganas de complicarse la vida en la política exterior de su país), es cosa del Quai d’Orsay y del Elíseo. Por su parte, desde el Quai d’Orsay han venido a decir que todos lo que tenían que estar enterados del asunto lo sabían. En otras palabras, que el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que visitó Colombia ese mismo mes de julio, no tenía por qué estarlo.

Un editorial de The Wall Street Journal (5.08.03) se hace eco de la especulación según la cual Villepin se dio el lujo de lanzar la operación de rescate de Ingrid Betancourt para celebrar su particular 14 de julio, fiesta nacional francesa, con la liberación de la que algunos llaman la “Juana de Arco” colombiana. Al parecer, Ingrid Betancourt fue alumna de Villepin cuando estudiaba esa carrera perfectamente inútil que los franceses llaman “Sciences Po” (Ciencias Po-líticas) en París.

Habrá quien siga pensando que es un episodio chusco, una mala racha que en algún momento dejará paso a la sensatez y a la cordura. Es posible, pero resulta difícil de creer, porque se han acumulado demasiados signos y demasiados gestos como para pensar que las cosas puedan cambiar. Cuando se preparaba la intervención para liberar Irak, quisieron convencernos de que Francia estaba haciendo el papel díscolo e inquieto que le corresponde. Pronto, se nos aseguraba, demostraría que seguía siendo un aliado fiable. No fue así, y los franceses demostraron ser –lo siguen siendo– el mejor aliado de Sadam Husein. Ya antes Francia nos había dejado solos a los españoles ante Marruecos en el asunto de Perejil. Y se sabe que si Clinton no se atrevió a atacar a Sadam Husein en 1998 fue porque Francia filtró al régimen iraquí toda la operación.

El caso es que la payasada de Villepin continúa, aunque sea bajo el modo paródico, una línea política contrastada. Siempre presenta tres características: unilateralismo, opacidad y disposición (o voluntad) para negociar con terroristas, ya sean regímenes terroristas (como el de Sadam Husein) o grupos como las FARC. Esas son las líneas maestras de la conducta de Villepin, que es, se quiera o no, la política exterior de Francia desde hace mucho tiempo.

Es exactamente la contraria de la que ha puesto en marcha la administración Bush en Washington. No parece dudoso cuál de las dos nos interesa y nos beneficia a los españoles.

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