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Irving Kristol

La virtud del patriotismo

El fallecimiento de Irving Kristol, el padrino de la mafia neoconservadora, se ha prestado a muchas reflexiones interesantes sobre su obra y su persona. Se ve que el grupo sigue siendo tan polémico como hace ya cuarenta años, cuando sus integrantes empezaron a darse cuenta de las consecuencias no deseadas de los grandes programas de ingeniería social lanzados por Johnson, los mismos que ellos habían apoyado.

En el legado neocon, hay un punto particularmente interesante (aparte del anticomunismo). Es el elogio del patriotismo. En un ensayo célebre, Kristol habló del patriotismo como de un sentimiento natural y sano, que debería ser alentado por las instituciones públicas y las privadas. Vale la pena recordar el ambiente de rabioso cosmopolitismo en el que se movían los intelectuales neoyorquinos de los años sesenta, o la estancia del propio Kristol en Londres junto con el poeta Stephen Spender en la década anterior, cuando sacaron la revista Encounter, para comprender el alcance del cambio.

Según explicó el propio Kristol, su patriotismo está enraizado en la experiencia norteamericana. Forma parte de la propia identidad de Estados Unidos. La tolerancia, el respeto a la propiedad privada, el cumplimiento de la ley y la igualad de oportunidades serían inherentes a un país que permitió, en el caso de Kristol, que un joven judío nacido en una familia humilde de Brooklyn alcanzara en una sola generación los más altos puestos, y los más influyentes, de la sociedad norteamericana, hasta recibir la Medalla Presidencial de la Libertad en 2002. Estados Unidos ha sido el país excepcional que permite, como ningún otro, el cumplimiento de cualquier sueño.

Esta conciencia del excepcionalismo norteamericano puede dar pie a una forma de nacionalismo basada, paradójicamente, en los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y en la libertad, considerados por lo común como un antídoto contra la exaltación nacional. Como ha apuntado en varias ocasiones George F. Will, este nacionalismo universalista permite revestir cualquier intervención exterior, incluso la más imperialista, con los buenos deseos de libertad para todos y emancipación de la humanidad. Así es como se traza la línea que va de las ilusiones de Wilson hasta la ambición que empujó a la administración Bush a comprometer a su país en la invasión de Irak.

William Kristol, el hijo de Irving, desbordó este marco político al afirmar que el patriotismo es el arma indispensable en la lucha contra la barbarie (terrorista). Se diría que estaba pensando en España.

Norman Podhoretz, otro brillante ensayista de la escuela neocon, participó con entusiasmo en las tendencias contraculturales de los años sesenta. Luego cambió y ha sido de los mejores defensores de la guerra contra el terrorismo y del papel de Estados Unidos en la defensa armada de los valores occidentales. Más aún que Kristol, glosó el motivo del patriotismo, dedicándole un hermoso libro titulado My Love Affair with America, una autobiografía contada como una historia de amor hacia su país. Podhoretz explica bien cómo su abandono de la larga temporada de auto flagelación y auto odio en la que había vivido durante los años sesenta coincidió con un rebrote de patriotismo, como vuelve lo reprimido, en este caso lo natural. La virtud del agradecimiento sustituyó entonces al vicio de la queja.

El patriotismo llega, también aquí, más lejos que la reivindicación ideológica. Vuelve a ser cariño, lealtad al propio país, reconocimiento por todo lo que se le debe. ¿Orgullo? También, claro está, pero sobre todo agradecimiento. De ahí nace la sensación de alegría y satisfacción con la vida, característica que comparten muchos neocon y que se trasluce en bastantes de sus escritos. Corresponde bien a otra de las virtudes que casi todos ellos –Irving Kristol el primero– supieron cultivar durante estos años, como es la amistad.

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