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Ruptura de la tregua

Las entrañas de ZP

Como era de esperar, las declaraciones televisivas de Rodríguez Zapatero continúan las de la declaración previa, hecha el mismo día del comunicado por el que les etarras le comunicaban el fin del "alto el fuego". La misma vaciedad de contenidos, y la misma suposición: la de que los españoles somos imbéciles, que se nos puede mentir a mansalva, que estamos dispuestos a aceptar cualquier cosa que venga del poder. Pero eso no es lo más importante.

Lo es más aquello que Rodríguez Zapatero insinuó una y otra vez: que el principal responsable de la ruptura del "proceso" es, después de los etarras, el Partido Popular. Esa sugerencia, y la suposición de que el electorado español es estúpido, parecen justificar su continuidad en el Gobierno. En cualquier otro país un presidente que hubiera visto fracasar el eje fundamental de su política, como le ha ocurrido a Rodríguez Zapatero con su política de cesión a los terroristas, habría presentado su dimisión. Zapatero no lo va hacer.

Y es que no ha dado por cerrado su "proceso". Esto es lo fundamental de todo el episodio, y lo más grave. Rodríguez Zapatero y los etarras han estado dialogando estos días a través de los medios de comunicación, con la opinión pública española de espectadora. Por eso Rodríguez Zapatero no ha aceptado preguntas ni ruedas de prensa. Nada de interferencias.

Los etarras le han mandado un aviso después de haber reforzado su posición gracias a las últimas elecciones. Y una vez más, Rodríguez Zapatero ha respondido intentando congraciarse con ellos. En el diseño alucinado de la nueva España zapateril, es indispensable integrar al nacionalismo violento y expulsar al PP. La sugerencia de que el PP es uno de los responsables del fracaso –momentáneo– del "proceso" resulta siniestra, como si se hubiera puesto en marcha a cara descubierta el verdadero proceso, el auténtico, que no es otro que la liquidación del partido de la oposición.

Lo que ocurra a partir de ahora irá a cuenta del accidentado camino transitado por Rodríguez Zapatero con la cruz de su ansia infinita de paz a cuestas. Hay que entenderlo. Él es una víctima, y no una cualquiera, sino la principal, la que asume como propio el dolor causado por quienes no entienden su objetivo. Por eso en su rostro la expresión de odio resulta indiscernible de la petición de compasión.

Y todo, como dice un amigo que conoce bien al PSOE, para llegar a las elecciones generales en marzo, una fecha que permitirá escenificar el recuerdo del 14-M con el PP, otra vez, de responsable de la violencia. Las entrañas de Rodríguez Zapatero, tan complicadas de descifrar, no le piden otra cosa.