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Tras las elecciones

Liderazgo de la derecha

Es posible que el principal problema al que se enfrenta el PP sea desactivar el síndrome antiPP que se ha adueñado de buena parte de la sociedad española. La izquierda ha conseguido crear una caricatura y encerrar en ella a quien considera su enemigo. Basta con apretar el resorte adecuado para que cobre vida la fantasía y cualquier cosa hagan los socialistas esté justificada.

Los dirigentes del PP lo saben, pero no conseguirán desactivarlo nunca si continúan dando la impresión de que para ello tienen que empezar por hacer suyo el cliché, aceptar la máscara paródica que el adversario le tiende, intentar rebajarla, y jugando a la defensiva en un terreno marcado por él.

Lo propio del centro derecha es precisamente carecer de aprioris ideológicos. Tiene en cambio, valores, creencias y principios, y los vive con más intensidad que la izquierda. Eso no es una desventaja, al contrario. ¿Por qué no olvidarse, en consecuencia, de la imagen que el adversario quiere proyectar de uno mismo y centrarse en la que uno quiere proyectar? ¿Por qué no se procede a delimitar el terreno en el que uno quiere desenvolverse sin esperar a que lo marque el adversario? ¿Cuáles son las cuatro o cinco ideas fundamentales que el centro derecha español está dispuesto a defender y a promocionar para conseguir una coalición social que le lleve a ser una alternativa creíble de poder en las próximas elecciones?

A partir de esas ideas, sería posible elaborar un mensaje claro y sencillo, creíble para el electorado y para uno mismo. El centro derecha tiene que creer en aquello que está diciendo, dejar de escabullirse con respuestas ambiguas, no ofrecer flancos contradictorios con el núcleo de su mensaje y al mismo tiempo demostrar que está dispuesto a escuchar al electorado. Vivimos en sociedades plurales para las que el pensamiento débil del progresismo, eternamente adaptable y desconocedor del principio de contradicción, resulta, al menos en apariencia, bien adecuado. Frente a eso, es imposible proponer algo que huela siquiera a restauración de la unidad perdida. Cualquier apariencia de unanimidad causará risa o recelo.

El centro derecha ya no puede escabullirse de las cuestiones que se plantean. Si se está en contra del matrimonio gay, por ejemplo, hay que decir por qué. Y si se está a favor de la vida, en contra de una liberalización del aborto o en contra del divorcio express, hay que decirlo y además dar argumentos. Es imprescindible razonar, escuchar, debatir, convencer y dejar atrás de una vez por todas esa apariencia de superioridad, heredada de la tradición tecnocrática de la derecha española, según la cual el poder parece destinado a una meritocracia funcionarial en la que nadie cree.

Los propios instrumentos deberían cambiar. La organización podría actuar de una vez con eficacia y no como organismos burocráticos de cuando vivía Larra. Para eso no estaría de más que prestara atención a lo que opinan sus bases, que es el núcleo de su electorado: un debate serio reforzaría el liderazgo, en vez de debilitarlo. Ya se ha desperdiciado el caudal de simpatía que suscitó el centro derecha tras las jornadas del 11 al 14-M. Y en lo cultural, que es donde se juega casi todo en la política actual, el centro derecha español ha demostrado una y otra vez que respeta, se toma más en serio y cuida más las ideas y a aquellos que nutren las filas de sus adversarios que a los suyos. Tal vez todavía esté a tiempo, aun así, de hacer fructificar el diálogo con la opinión pública movilizada en estos cuatro últimos años.

Más que de buscar a personas, que las hay de sobra y de todas las edades y condiciones, y más que nada jóvenes, en las propias filas del Partido Popular, se trata de formar a la opinión pública. No basta con gestionar, como han demostrado las últimas elecciones, y mucho menos echar de menos la unidad de fachada de tiempos anteriores. Un auténtico liderazgo político requiere aprovechar todo lo aprovechable, que es mucho, desechar el prejuicio de que el adversario tiene razón, tomar la iniciativa para reunir a los propios y convencer a una mayoría social.

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