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Desastre en el Índico

Más ambición

Cuando Ronald Reagan propuso en 1983 la creación de un sistema de defensa antimisiles capaz de proteger un territorio de cualquier ataque nuclear, la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica (IDS), buena parte de los medios de comunicación y la opinión progresista o ilustrada se burlaron de él. La iniciativa, rebautizada "Guerra de las Galaxias" por los escépticos, todavía no se ha puesto en marcha, pero entre sus víctimas figura la Unión Soviética. La URSS era incapaz de competir con el esfuerzo tecnológico requerido para empezar a dar forma a la IDS. La capacidad visionaria de Reagan se adelantó a su tiempo.
 
Lo primero que sorprende de la catástrofe que ha golpeado el Océano Índico es su dimensión global. Han sido afectados once países, lo que da la medida de la intensidad del terremoto. Hay fallecidos de muchas más nacionalidades por el fenómeno del turismo internacional. Evidentemente, el desastre no golpea igual a los países de origen de los turistas que a la costa de Tailandia o a la isla de Car Nicobar (India), donde se ignora la suerte de la mitad de una población de unas 10.000 personas. Pero cuando se ha perdido el rastro de más de mil ciudadanos suecos, se puede hablar legítimamente de catástrofe nacional en el país nórdico.
 
Lo segundo es la rapidez con la que se ha puesto en marcha la ayuda humanitaria y en particular la velocidad con la que se han empezado a recaudar fondos y ayuda para socorrer a las víctimas. Desde el 11-S no había habido un tal movimiento de solidaridad y compasión espontáneo. Se atribuye la generosidad al poder destructivo del tsunami y a las imágenes, en particular de víctimas infantiles. Pero no sería posible sin una conciencia de la proximidad de la tragedia y sin los medios técnicos para recaudar dinero inmediatamente gracias a páginas web creadas ex profeso por muy diversas organizaciones humanitarias. (También conviene notar las diferencias en el compromiso de los diversos Estados: desde Estados Unidos se está coordinando la ayuda procedente de India, Japón y Australia; Israel se ha volcado en la ayuda; el Estado chino, comunista, se ha mostrado reticente.)
 
El tercer punto es la incapacidad demostrada por los países afectados para prever la catástrofe y alertar a la población. Se dice que no hay forma humana de poner en marcha los medios suficientes para evacuar grandes poblaciones en catástrofes de dimensiones como estas, que se producen en tan corto espacio de tiempo. Pero también se sabe que las alertas tempranas producidas en Japón y en Australia ni siquiera tuvieron la posibilidad de alcanzar los países afectados. La burocracia, los obstáculos políticos y la falta de educación y de información entre la población costera han aumentado el sufrimiento y la cifra de víctimas.
 
Un especialista cuenta en The Wall Street Journal cómo durante el maremoto de 1999, los habitantes de la isla de Pentecostés, en Vanuatu, en el Océano Pacífico, salvaron sus vidas (tres muertos sobre una población de 500 personas) trepando a una colina en cuanto notaron, de noche, el terremoto. Conocían los efectos de los maremotos por una emisión de televisión que les llegaba una vez a la semana.
 
Al igual que en el 11-S, hace falta una terrible tragedia para definir los riesgos. Es una desgracia que los hombres no tengamos suficiente imaginación para prever los peligros a los que nos enfrentamos. Pero una vez producida la catástrofe, comprobado su alcance y los medios de los que se disponen hoy en día, ya no cabe postergar las decisiones. Las formas de prevención se conocen: más educación, más transparencia, más velocidad en la transmisión de la información. En dos palabras, más coordinación y más libertad. En una sola: más ambición, como la que demostró Reagan con su "Guerra de las galaxias".

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