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Cacerías

Minorías salvajes

A principios de los noventa, cuando todavía trataba a algún conocido de la cáscara amarga, quiero decir rojo, conocí a uno muy pizmiento, como decían nuestros abuelos. En otras palabras, era un votante socialista a machamartillo. Tanto lo era que no dejó de votar y declarar su adicción al socialismo ni siquiera cuando cumplió 65 años y los socialistas, sus ídolos, sacaron una ley que le obligó a jubilarse sin tener la menor necesidad ni la menor gana de hacerlo. Lo sacrificó todo a su ideología, incluido su carrera. Lo recuerdo como modelo de lealtad.

No se crea que este pobre hombre fuera un ser atávico y primitivo. Era profesor universitario, especialista en derecho internacional y por si fuera poco, británico de nacimiento, con la doble nacionalidad española e inglesa, creo recordar. Es verdad que los extranjeros, sobre todo los anglosajones y los franceses que se instalan en España, suelen mostrar gran entusiasmo por opciones políticas a las que en sus países no votarían ni en pintura. O se vuelven tan idiotas como los indígenas o, movidos por una figuración romántica de España, se les contagia el natural alucinado y suicida de nuestra cultura.

Sea cual sea el motivo de esta mutación, el resultado responde a un prototipo español y es el de las personas que están dispuestas a aceptar cualquier cosa, literalmente lo que sea, con tal de que no gobierne el Partido Popular, o la derecha como dicen. Como mi conocido, el jubilado forzoso, este núcleo duro no está compuesto sólo de funcionarios que le deben su puesto al PSOE o de clientelas que le deban su puesto de trabajo o sus prebendas al cacique socialista de turno. Al revés, forman parte de las elites que controlan universidades, medios de comunicación y centros de elaboración y difusión de ideas.

Aunque el fenómeno es propiamente español en algunos de sus rasgos, no es del todo desconocido fuera de nuestras fronteras. Un brillante analista de la sociedad norteamericana destacó hace ya mucho que después de los años sesenta los bárbaros no eran ya las masas, casi siempre respetuosas con los principios occidentales y amantes de la civilización heredada, sino las minorías empeñadas en destruirlos en nombre de un proyecto de subversión emancipatoria. Basta ver de qué van disfrazadas estas élites, no digamos ya los jovencitos que han adoctrinado, para darse cuenta de hasta qué punto es eso cierto. Las elites selectas de Ortega encabezan la ofensiva contra Occidente.

Las paradojas se suceden, a partir de ahí. Ahora mismo, por ejemplo, este sector de la población que se considera a sí mismo el no va más de la sofisticación estética y cultural no acepta la menor crítica de la montería de jueces y ministros, una de esas imágenes rancias hasta la náusea, que confirman la idea de que la verdadera constitución política de España es el caciquismo. Basta con agitar el espantajo del Partido Popular, identificado con la "derecha extrema", para que se levanten todos los escudos protectores.

La antipolítica cultural de la derecha española no se ha limitado a cortejar, de forma perfectamente inútil, este núcleo de productores de opinión. También ha buscado y sigue buscando su respaldo, la legitimidad que sólo esta minoría le puede dar. Obviamente, esta minoría atávica y destructiva le tiene bien cogida la medida a quienes muestran este comportamiento entre adictivo y masoquista. Así se explica que se sientan con capacidad para hacer lo que, rigurosamente, les venga en gana. Lo tienen.
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