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Monarquía y democracia

Con ocasión del anuncio del compromiso del Príncipe de Asturias con la periodista Leticia Ortiz ha vuelto una discusión muy antigua. Se trata de saber si la institución monárquica será capaz de sobrevivir a la ola de modernización que supone este acontecimiento. La venerable institución podría verse en peligro, primero, por la boda de un príncipe con una plebeya y, segundo, por la personalidad de la futura princesa, una periodista todavía joven (aunque ya no tanto, como el propio Príncipe), que ha vivido desde muy temprano de su propio trabajo y que ha tenido una historia sentimental propia, también como el Príncipe.
           
Hay una cierta falta de perspectiva en esta consideración. Los reyes y las reinas son hombres y mujeres, y como tales han estado sujetos a las mismas pasiones y a las mismas servidumbres que el resto de los seres humanos.
 
Nadie se engañó nunca sobre este punto. Tampoco el mundo moderno se distingue del pasado por la cantidad de información que circula acerca de la vida de los monarcas y los príncipes. La vida personal de los reyes fue siempre objeto de curiosidad. En tiempos anteriores, la información sobre estos asuntos era tan poco discreta como lo es hoy.
           
Lo que parece sugerirse –casi siempre de forma inconsciente– cuando se hacen estas reflexiones es una posible contradicción entre democracia y monarquía. No la hay. En Europa, muchos de los países que mantuvieron sus instituciones monárquicas en la gran crisis de principios del siglo XX hicieron la transición a la democracia sin demasiados traumas. Los países que no contaron con ese asidero tuvieron historias mucho más dramáticas. España es un buen ejemplo de este último caso.
           
Lo importante de los monarcas es que cumplan su función política y representativa con solvencia. Los reyes de España son hoy los garantes últimos de la unidad de la nación y de sus libertades. Es una tarea abrumadora para quien tiene que asumirla.
           
Pero para cumplirla no hacen falta requisitos previos, como no sean los derivados de la propia naturaleza de la institución, tal como los especifica la Constitución. Una persona como Leticia Ortiz los cumple. Además es española, conoce bien lo que es la vida real de los españoles de su tiempo y no ha vivido enclaustrada en un mundo fantástico. Felicidades.