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Parece un poco metapolítico, para emplear un sufijo del que gustaban los seguidores fanatiquillos del estructuralismo, sobre todo aplicado a la lingüística y a la estética, pero uno de los grandes asuntos de la campaña electoral en la que ya estamos serán las propias elecciones. Rajoy ya ha sacado a relucir el tema, aunque sea a modo de globo sonda, y ya se le han echado encima los señoritos de la izquierda, hablando de enterrar no se sabe qué consenso.
Habrá que preguntarse de qué consenso hablan. Si se adivina alguna posibilidad de consenso en el conjunto de la sociedad española es, sin duda alguna, la de la necesidad de una reforma electoral que saque a España de la situación de excepción en la que vivimos desde hace años.
Exactamente desde que, en virtud de una ley electoral absurda, se está pervirtiendo el sistema constitucional y democrático en por lo menos dos sentidos.
Uno, destruyendo la base misma de la democracia, que es el gobierno de la mayoría. Hoy no gobiernan las mayorías. Gobiernan minorías ínfimas, caciquillos que enarbolan nobles banderas de derechos históricos y tradiciones en su mayor parte inventadas. De hecho, un partido, el PSOE, ya ni siquiera aspira a gobernar en mayoría y el otro, el PP, parecía a punto de caer definitivamente en la misma trampa hasta que Rajoy ha sugerido –todavía no propuesto en serio– una reforma electoral.
Esta deriva está destruyendo, además, el propio edificio constitucional. Si el Tribunal Constitucional da por bueno el Estatuto de Cataluña, demostrará que las propias normas legales se están utilizando para minar el Estado de Derecho fundado por la Constitución. A partir de ahí, cualquier cosa es posible. El Estado de Derecho, ya deteriorado, se habrá acabado en España.
Los españoles, aunque a una parte importante de su clase política no le interese enterarse, lo saben. Un partido que ofrezca en su programa, con claridad, unas reglas de juego nuevas, que garanticen un auténtico gobierno de la mayoría, con todas las reformas que sean necesarias (incluida la de la Constitución) y un pacto nacional con el adversario político para sacar adelante estas reformas, puede tener un éxito importante. De hecho, tal vez sea una de las claves de la victoria en el 2008.
No tenemos por qué resignarnos a que nos gobiernen grupúsculos tipo ERC o Nafarroa Bai, oligarcas cansinos à la Piqué o la corte de María Antonia Munar. Tampoco tenemos por qué depender de los nacionalistas. Somos una gran nación. No necesitamos a estos personajes minúsculos. Que gobiernen en su pueblo, si quieren los electores, pero no una nación que no les gusta y en la que no creen. Conviene decírselo al electorado y ver por qué se decanta. Ahí está la base de una renovación del consenso y seguramente de una victoria electoral que lo haga posible, más aún indispensable.
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