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Siempre que escuchen ustedes hablar de "política cultural", de promoción cultural por parte del Estado o algún organismo afín, recuerden tres cuestiones. La primera, la ideología de quienes protagonizan los hechos de los que se esté hablando (conferencias, exposiciones, teatro, cine, etc.). La segunda, lo que ahora se llama su "orientación sexual". La tercera, el dinero que está en juego. Sigan la pista a estos tres datos y encontrarán el hilo que les permitirá entender la práctica totalidad de la "política cultural" de los países europeos de estos últimos veinte años. Se excluyen, en general, cuestiones más serias como la conservación del patrimonio. Pero el resto no falla. Ahí están todas las claves que se necesitan para entender la "política cultural" de la que tan orgullosos suelen estar los Estados modernos.
Por eso es absolutamente excepcional que se organicen en Madrid unas jornadas como las que se inaugurarán el próximo miércoles, con el título Cuba: revolución y homosexualidad.
La tiranía cubana ha venido gozando durante décadas de la simpatía del progresismo mundial. En los países europeos, esta complicidad culpable se ha ido difuminando últimamente, aunque quedan restos en bodrios como Le Monde Diplomatique. Nuestro país es la excepción: el comunismo castrista sigue teniendo predicamento, tanto en los ambientes culturales como en los políticos. En el progresismo español hay una querencia irremediable por el totalitarismo cubano. Echa raíces en la irremediable senilidad, a la medida del dictador, de nuestros progres, pero también en otros asuntos mucho más turbios. Ha convertido a Cuba en un auténtico paraíso para los miembros de esta casta culturo-política que ha vivido muy bien de los impuestos de los españoles.
Unas jornadas como esta sobre la revolución y la homosexualidad en la Cuba de Castro, organizadas por la asociación Colegas, Odisea y el apoyo de la Comunidad de Madrid, empezarán sin duda, por lo menos en vista del programa que promete, a arrojar luz sobre un tema del que casi nadie ha querido hablar. En realidad, son dos asuntos. Por una parte, la brutalidad de la represión de los homosexuales por el régimen castrista que los ha considerado, según la lógica tradicional de la izquierda, como un ejemplo de degeneración burguesa; por otra, la reconversión del paraíso socialista cubano en un gigantesco burdel destinado al turismo sexual, con el Partido Comunista de "empresario" y las consiguientes posibilidades de chantaje de todo tipo que esta original situación ha propiciado.
El tratamiento que ha merecido la Cuba de Castro es la mejor expresión del lo que decía al principio sobre la "política cultural" o el "Estado cultural", en la expresión, bien sarcástica en este contexto, del francés Marc Fumaroli. De ahí la excepcionalidad del acontecimiento. Conviene acudir, escuchar y también preguntar, preguntar sobre las razones de los apoyos, los silencios, las simpatías y las complicidades.
A ver cuándo la Casa Árabe organiza algo parecido sobre la homosexualidad en los países musulmanes.
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