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Debate en la derecha

Rajoy y Madrid

Sería de desear que el almuerzo entre Esperanza Aguirre y Rajoy, ese almuerzo en el que se habló –"¿cómo no?", según la presidenta de la Comunidad de Madrid– de política, haya despejado los nubarrones que se ciernen sobre el PP después de haber perdido las elecciones. Sobre todo porque algunos miembros del núcleo dirigente del Partido Popular han hecho públicas, en estos días, frases poco afortunadas acerca de Madrid.

Empezó Gabriel Elorriaga con su reflexión acerca del valor superior que dichos dirigentes conceden a los resultados en comunidades autónomas donde el PP ha avanzado, aunque no haya ganado. No creo que Elorriaga insinuara que da menos importancia a Madrid o a Valencia que a otras regiones. Es más bien que Elorriaga da por asegurado, como si fuera propiedad de quienes dirigen hoy el PP, el voto de estas regiones.

Luego han venido los comentarios de Rajoy sobre el ruido "superficial y hasta frívolo" que hace Madrid, "rompeolas de España", según frase del propio jefe del PP, que se las ha arreglado para empeorar la expresión poco afortunada de Antonio Machado. Al parecer este ruido superficial y frívolo perturba la profunda y serena melodía que surte de "las provincias", como ha seguido diciendo Rajoy en cita poco feliz de Ortega, afrancesado a su pesar, cuando escribió aquella serie de ensayos titulada La redención de las provincias que le ganó la inquina del general Primo de Rivera.

Menos mal que Rajoy, del que todo el mundo dice que es hombre culto, no se lanzó a evocar la intrahistoria unamuniana. Sí que ha hecho, un poco en esa dirección, un elogio más que merecido de los excelentes resultados obtenidos por el PP en Murcia. Pero esos resultados habrían merecido una frase menos ambigua que la que pronunció. Rajoy parecía empeñado en enfrentar otra vez unas "provincias" con otras. Se diría que los actuales dirigentes del centro derecha español desconfían de Madrid, al mismo tiempo que cuentan, de forma paradójica, con que el electorado de Madrid les va a apoyar siempre, en cualquier circunstancia.

Por un lado se insinúa un aprecio escaso. Por otro, se muestra recelo. El conjunto resulta inquietante. Se entrevé una tendencia a la prepotencia. Y se adivina un espíritu tal vez atormentado –y yo también estoy citando a un clásico– por el temor a ser dominado. El resultado son ambigüedades, o silencios, que acaban cobrando, en círculos tan jerarquizados como son los partidos políticos españoles, una autoridad que no les corresponde.

Por eso, para despejar lo antes posible estas impresiones penosas, sería deseable que el almuerzo entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy haya servido para que a partir de ahora en el PP se empiece a hablar con claridad y firmeza.