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Crisis del PP

Rajoyismo

Asistir al suicidio de un político es, como recordaba Alberto Recarte en estas páginas, un espectáculo raro. En tiempos de los romanos se suicidó uno, Catón, Catón el Joven por más señas, y durante siglos se celebró el acontecimiento con pinturas, poemas, tragedias, esculturas e incluso óperas.

¿Alcanzará Rajoy una gloria parecida? No parece probable. Aparte de que el suicidio de Catón en Útica fue de los de verdad, algo que en estos tiempos decadentes y relativistas no parece de desear. Catón se mató para dar testimonio de unos principios. Se suicidó para proclamar su vigencia, al menos para él. Después de aquel gesto, a nadie le quedó la menor duda de que Catón no sabía vivir sin los valores cívicos de la Roma republicana.

Rajoy, en cambio, se ha suicidado –algo más que metafóricamente: políticamente– de forma gratuita, sin objeto conocido. No se ha inmolado en el altar de ningún principio superior. Lo ha hecho para dar vida a una nueva organización política en la que el puesto al que él pretende no contará para nada y su posición será insignificante. Por lo mismo, ha pasado a ser rehén de sus barones territoriales. Y para colmo, estos barones lo mantienen en pie, vivo en apariencia, a la espera de poder deshacerse de él en el momento que consideren oportuno. Se equivoca quien piense que en el PP no hay recambios disponibles. Los hay de sobra. Ocurre que no ha llegado el momento de dar la batalla y todos, en particular los beneficiarios del suicidio de Rajoy, esperan su momento.

¿Qué pensará el propio Rajoy de todo esto? ¿Y su círculo próximo, reducido a estas alturas a cinco o seis personas? ¿De verdad no se han dado cuenta de lo que está ocurriendo, ahora que incluso algunos fieles barones han empezado a desmarcarse al negarse a entregar sus avales? A lo mejor el fondo del rajoyismo consiste en eso, simplemente: en aceptar el propio destino, que en este caso, como en el de las figuras de las transiciones políticas que en su día describió el alemán Enzensberger, tiene que ser a la fuerza gris y sin relieve. Pero incluso en ese caso, el rajoyismo bate récords. No conseguirá la fama de un Catón, pero tal vez pase a la historia del género chico.