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Señoritos descorbatados

El descorbatamiento de Miguel Sebastián en el Congreso pretende tener valor pedagógico. Los miembros y miembras del gobierno socialista, con coche oficial de cilindrada modesta a la puerta, nos enseñan cómo se ahorra energía. Así lo ha corroborado el ideólogo Jesús Caldera, que sin duda dedicará un sesudo congreso al asunto en su nueva fundación.

La lección viene a sumarse a una ya larga cadena de manifestaciones en la misma línea. Solbes, que hace poco tiempo pronosticaba subidas fabulosas del PIB, ahora nos dice que hemos de acostumbrarnos a ser pobres, o más pobres que antes. La ministra de Vivienda, por su parte, se permitió declarar que la crisis de la construcción era “previsible y necesaria”. Por lo visto, el crecimiento de la vivienda en los últimos años “ha sido desmesurado y no siempre ha respondido a las medidas sostenibles necesarias”, así que preconiza una mudanza “a un modelo de renovación intensiva, que “no consume terreno y genera mano de obra”. No se sabe muy bien lo que significa eso, pero lo que es seguro es que si estaba usted contento con la revalorización de su piso, no debe quejarse con el cambio de tendencia. Los precios a la baja van a reflejar el precio justo, con lo que dejará usted de ser aquello en lo que se había convertido: un especulador. La pedagogía, en rigor, es doble.

Después de presumir de crecimiento económico, los socialistas nos enseñan ahora que somos los culpables de aquella prosperidad inmerecida, además de unos derrochadores sin conciencia de la sostenibilidad. Desprecian al común de los mortales, los que tenemos que utilizar el transporte público o nuestro propio coche, y más que nada a quienes confiaban en que lo invertido en su casa les sería de alguna ayuda a la hora de la jubilación.

Pero no basta con eso. Aquí entra en juego el ministro descorbatado, que se permite la transgresión de una norma de urbanidad de la que no podría librarse si trabajara en la empresa privada. Primero insultan a la gente y después alardean de un modelo de vida relajado y cool, el del señorito que presume a costa de los demás. Además de imbéciles, nos llaman pringados. El ultraelitismo de la nueva izquierda, del que Rodríguez Zapatero es el perfecto ejemplo, imparte lecciones.

¿Hasta cuándo durará esta desvergüenza? Bastante, me temo. Son muchos los españoles –en particular entre los jóvenes, los funcionarios de cierto nivel y los profesionales con recursos– que se identifican con el señoritismo y desprecian a la gente común. Es lo que se que se estila, el progresismo chic con cargo al presupuesto público.