Opinión
Noticias y opinión en la red
Ofensiva contra el cristianismo

Siguen las tradiciones

El proyecto de reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, y votada entonces por amplia mayoría, puede no ser más una cortina de humo más para desviar la atención de otros asuntos más urgentes, como la recesión económica.

Incluso el editorial de El País que reprocha al Gobierno el mostrarse demasiado templado, que le requiere una reforma de los acuerdos con la Santa Sede de 1979, y que lanza al tiempo toda una batería de acusaciones contra la Iglesia (desde su presencia en establecimientos públicos militares, hospitalarios o penitenciarios, en contraste con otras confesiones con presencia escasa hasta la financiación –otra vez– o los conciertos educativos) podría interpretarse así, como una maniobra de distracción.

Aunque todo sea un globo sonda, el solo hecho de que se pueda tomar de esta forma el pulso a la opinión pública indica lo lejos que se ha llegado en algunos asuntos. Primero, en la disposición del Gobierno –y muy en particular de Rodríguez Zapatero– a volver a pronunciar en tono triunfal "España ha dejado de ser católica", esa gran obsesión del progresismo patrio. Segundo, en la propia opinión pública, a la que se entretiene, si es verdad que se la entretiene, con gestos que deberían suscitar una oposición más intensa.

En cuanto a esta segunda cuestión, quizás la más vidriosa, responde también a una tradición española: la delegación de determinados asuntos, en este caso los que conciernen a la fe, en una organización, ahora, la Iglesia, con la consiguiente desmovilización de los fieles. Hay aquí un trabajo por hacer que tal vez sería exagerado llamar evangelización, pero que se le parece bastante: volver a infundir en los católicos el sentido de lo que está en juego, sin necesidad de responder a provocaciones. Es un camino que una parte de la opinión pública católica ya ha recorrido por su cuenta. Queda mucho por hacer.

En cuanto a la disposición del Gobierno, no cabe ninguna, por los documentos y las decisiones adoptadas en estos últimos cuatro años, de cuál es su proyecto. Parece un arcaísmo, pero no debe extrañar demasiado. La izquierda española ha jugado siempre con el anticlericalismo como táctica para forjar alianzas disparatadas pero eficaces. Además, en el progresismo español nunca ha dejado de estar vigente la querencia de una religión de Estado: antes una Iglesia nacional, fácil de controlar y dependiente del Estado, ahora una ideología relativista entronizada en los contenidos de la Educación para la Ciudadanía.

En cuanto a los aliados del Gobierno, tampoco caben demasiadas sorpresas. En la lucha contra el enemigo, que es el cristianismo (y después el judaísmo, no se debería olvidar), los progresistas recurren al islamismo como antes recurrían a los regímenes totalitarios, con los que preconizaban una actitud apaciguadora, cuando no de complicidad. Los Stalin modernos se llaman Ahmadineyad. Pura Alianza de Civilizaciones. Y aire de déjà vu.