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Trump, Israel y la política exterior norteamericana

La llegada de Trump a la Casa Blanca sería catastrófica en política exterior; también en Oriente Medio y, en consecuencia, para Israel.

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La relación con Israel es un asunto esencial en la política exterior norteamericana. Donald Trump, en su carrera hacia la Casa Blanca, no podía dejar de tratarlo. Así que se ha declarado más proisraelí que nadie, ha recordado su implicación en las celebraciones judías que tienen lugar en Nueva York, su ciudad; ha elogiado la democracia israelí, la única de la zona, y subrayado el dinamismo de la sociedad israelí. Pensaba visitar Israel el pasado mes de diciembre, dada su buena relación con Netanyahu, pero el viaje fue cancelado en vista de la radicalidad de las posiciones expresadas por el norteamericano. Trump también ha sido muy crítico con la política de Obama en Oriente Medio, y ha acusado al presidente y a su secretario de Estado de dejar caer a Israel, en vez de hacer todo lo que se tiene que hacer para apoyarlo.

En esto último, Trump parece intentar adaptarse a la evolución de las posiciones políticas de los judíos norteamericanos, que han ido evolucionando moderada pero inequívocamente hacia un alejamiento de la política de Obama. En 2008 el 78% de los votantes judíos apoyó a Obama. En 2012 lo hizo el 69%. Y según Gallup en 2008 el 71% de los judíos norteamericanos se identificaba como demócrata o partidario del Partido Demócrata, mientras que esa cifra cayó en 2014 al 61 % (con 22 y 29%, respectivamente, de apoyo al Partido Republicano).

Es difícil, sin embargo, que Trump consiga convencer a los votantes judíos norteamericanos. Hay imágenes y propuestas, como la del muro que quiere construir entre México y Estados Unidos, que al electorado judío le trae evocaciones dramáticas. La xenofobia y el nacionalismo son elementos ideológicos que el judaísmo norteamericano admite mal. Es un candidato que se mueve a golpe de efecto y cuyo atractivo parece consistir sobre todo en el exabrupto destinado a ridiculizar el establishment elitista y corrupto de Washington (simbolizado en Hillary Clinton, epítome absoluto y perfecto de la casta).

Curiosamente, la retórica incendiaria de Trump no le ha impedido suscitar el escándalo de sus adversarios republicanos por lo que han considerado tibieza en ciertos asuntos. En uno de los debates de las primarias, Trump dijo que se mantendría neutral en el conflicto palestino-israelí, afirmación que matizó más tarde, aunque sin cambiar de opinión. Y en cuanto al acuerdo nuclear con Irán, Trump ha sido el único de los aspirantes republicanos que se ha comprometido a no anularlo. Porque es imposible, dado que no se puede volver al régimen de sanciones, y porque daría a Irán la ocasión de entrar de lleno y sin control en la carrera nuclear.

Se esboza así algo en lo que Trump mismo insiste, aunque nadie lo tome muy en serio: que es, con su experiencia de hombre de negocios, un negociador, el único candidato (de todos, incluida su adversaria demócrata) capaz de aplicar una actitud pragmática, pegada a la realidad y no a las ideologías y los intereses de la superélite. Desde esta perspectiva, las declaraciones sobre el cierre de las fronteras a los productos chinos y a los inmigrantes latinoamericanos, y también su actitud ante Putin, se podrían interpretar como una invitación a una nueva forma de negociación, casi en la tradición del realismo clásico, entre Estados soberanos y líderes con conciencia de lo que es el interés nacional, y voluntad de defenderlo. Bien es verdad que habría que forzar un poco –por decirlo suavemente– las cosas.

No hay que forzarlas tanto para encontrar un hilo común en todo esto, desde la demagogia incendiaria y racista hasta las propuestas en apariencia más sensatas. Se trata, efectivamente, de la ruptura con todo lo que ha venido siendo la política exterior norteamericana desde la Segunda Guerra Mundial, monopolizada por lo que un analista de Foreign Policy ha llamado los intervencionistas progresistas y los neoconservadores y siempre obsesionada por la democratización, ya sea mediante el soft power y las instituciones o por la fuerza. Trump parece pensar que ha llegado el momento de imaginar una política exterior exclusivamente basada en los intereses nacionales. Lo ha resumido en algunas frases lapidarias. Ya que Europa o Japón son incapaces de defenderse ellos mismos, que paguen la que Estados Unidos les suministra. Y en cuanto a Oriente Medio, no se explican los miles de millones gastados allí mientras que no hay dinero para mejorar las infraestructuras de Estados Unidos.

¿Demagogia? Claro, pero todo el mundo puede comprender el razonamiento de fondo. (Y la UE ya la está aplicando con Turquía en el asunto de los refugiados). Y tras las intervenciones en Afganistán y en Irak, es algo sobre lo que casi todo el mundo puede llegar a estar de acuerdo. Paradójicamente –o no tanto–, la intensa globalización de la población norteamericana –cada vez más diversa y más al tanto de lo que ocurre fuera del país– impulsa esta clase de repliegue. Es la posición de cualquier democracia liberal madura, excepto –hasta ahora– de Estados Unidos. Aquí, los seguidores de Bernie Sanders, que tienen poco que ver con quienes apoyan a Trump, no estarían demasiado lejos de estos.

También es interesante que algunos asesores del republicano critiquen la actual tendencia de la política exterior a centrarse en la gestión microtáctica de los problemas en vez de adoptar una posición global.

La llegada de Trump a la Casa Blanca sería catastrófica en política exterior; también en Oriente Medio y, en consecuencia, para Israel. Ahora bien, responde a una tendencia profunda de la sociedad norteamericana. Ya ha empezado a cambiar el mundo en el que vivimos. Lo cambiará aún más, seguramente. Lo que hace unos años parecía inconcebible empieza a cobrar algo más que verosimilitud.

© Revista El Medio

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