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Últimas tendencias

Es seguro que cuanto más quieran intervenir los gobiernos, menos responsables nos consideraremos. Y si es así, lo último que querremos será tener hijos.

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Las últimas tendencias españolas en natalidad no son buenas. Según el INE (Instituto Nacional de estadística) en 2009 el número de nacimientos cayó un 5 por ciento, desde los 518.503 que tuvimos en 2008. Además, quizás como consecuencia de la crisis, los españoles no se casan tanto, un 11 por ciento menos que en 2008, y por primera vez se casan menos por lo religioso (80.959, de los que 80.174 por la Iglesia católica) que por lo civil. Aumentan ligeramente las uniones entre personas de mismo sexo (3.412 uniones, 218 más que en 2008).

La discusión sobre las causas de este cambio de tendencia en la natalidad, operado por primera vez después de diez años de crecimiento constante, abre toda clase de hipótesis. No queda más remedio que constatar que el "cheque bebé", promulgado por el Gobierno central a finales de 2007, no ha sido de gran utilidad: tal vez los efectos de la crisis en la moral de la población y sus perspectivas vitales lo hayan anulado.

El dato indica la fragilidad de las medidas a favor de la familia tomadas desde los múltiples gobiernos de los que disfrutamos con nuestros impuestos. La ayuda de 2.500 euros por nacimiento no era la panacea, evidentemente, pero era una contribución importante. Los conocedores añaden toda una batería de medidas que se podrían tomar en estrategias integrales para fomentar la natalidad, desde facilitar la adopción, ayudar económicamente a los familias con recién nacidos en función de la renta, liberalizar los contratos y flexibilizar los horarios, o ayudar a las familias numerosas, además de reformar el sistema de pensiones, empezar a cambiar el sistema sanitario y reducir los impuestos.

Tampoco estaría de más que se protegiera la vida desde la concepción –es decir, que el aborto no fuera trivializado hasta el punto de convertirlo en un medio anticonceptivo– y que no se impartiera una educación sexual que inculca a los niños la convicción de que nada de lo que hagan para disfrutar de sus cuerpos (además de sus gobiernos: estamos en lo que la filosofía contracultural de los años setenta llamaba "cuerpo sin órganos") tendrá nunca consecuencia alguna.

En vista de lo ocurrido con el "cheque-bebé", tal vez se pueda predecir que estas medidas tendrán poco éxito mientras no cambie la cultura subyacente. Una sociedad en la que la creencia en Dios o la creencia en la nación son datos prescindibles de la realidad, no tiene por qué tener hijos. ¿Para qué traer niños al mundo si no se cree en la trascendencia ni se cree en el futuro de la propia sociedad? Los franceses, escépticos en materia religiosa, siguen creyendo en su país, es decir en la familia, en la transmisión del patrimonio, en la responsabilidad de los padres (la de la madre, porque el feminismo francés no ha destrozado la maternidad, y la del padre, que allí no es un machista por naturaleza). Los norteamericanos, a pesar del ingente esfuerzo de sus élites para que imiten el nihilismo europeo, siguen creyendo en Dios y en su país. En general, el resto de los países occidentales, incluido el nuestro, creen poco en cualquiera de las dos cosas. Alejandro Macarrón hace bien en utilizar el concepto de "suicidio democrático", aunque en la serie que ha venido publicando sobre el asunto insista, a mi entender de forma no muy afortunada, en la cuestión de la población española musulmana y en la diferencia entre españoles "nativos" e hijos de inmigrantes (en el 21,3 por ciento de todos los matrimonios celebrados en 2008, uno de los contrayentes era extranjero...).

Aun así, un cambio en las medidas para fomentar la natalidad y promover el futuro de España significaría algo importante. Y es que aclararía que hay quien concibe la posibilidad de un cambio cultural en la tendencia de fondo al "suicidio demográfico" y algo más que demográfico. Parece muy difícil, pero tal vez sea mucho más sencillo, incluso en las actuales circunstancias de restricciones. Es seguro, por ejemplo, que cuanto más quieran intervenir los gobiernos, menos responsables nos consideraremos. Y si es así, lo último que querremos será tener hijos.

Es hora de hablar con sinceridad a gente responsable, que quiere seguir siéndolo, y que se toma en serio su vida y la de los demás.

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