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Columna publicada el 19-11-2003
El nacionalismo vasco es la expresión de un delirio de identidad colectiva, síntesis de leyendas y fantasías previas. Se articula con la violencia en los años sesenta porque su carácter delirante le permite integrar sin mayores problemas el radicalismo de los movimientos de extrema izquierda de esos años. Entre el nacionalismo racista y apocalíptico de Sabino Arana y el socialismo de los etarras, siempre puede despertar la chispa del nacional-socialismo. Es lo que ha acabado ocurriendo con el conjunto del movimiento nacionalista vasco. Ha acabado convertido en un movimiento nazi, estrictamente hablando.
El nacionalismo catalán tiene otro origen. A finales del siglo XIX, Cataluña era una sociedad sometida a un proceso rápido de modernización. Era una sociedad violenta, en la que el terrorismo anarquista, sindicalista y patronal encontró un amplio campo. El nacionalismo catalán fue un cortafuegos ante esta deriva explosiva. Los nacionalistas catalanes se esforzaron por construir un proyecto nacional con fuertes signos de identidad para controlar la violencia. Eran un poco visionarios, pero profundamente conservadores.
Tanto, que a su izquierda surgieron unos nuevos nacionalistas. El nacionalismo catalán los despreció. Consideraba que no tenían consistencia ideológica ni un auténtico proyecto. Su destino, según los nacionalistas conservadores, era acabar en manos del sindicalismo anarquista, que es exactamente aquello contra lo que surgió el catalanismo original. Así ocurrió.
Pujol intentó una síntesis de estas dos corrientes del nacionalismo. Pareció conseguirlo, pero no lo logró del todo. Así que se ha vuelto a formar esta izquierda nacionalista, exactamente con los mismos mimbres de siempre. Hoy toma el plan Ibarretxe por modelo, como en los años 30 se alió con los anarquistas para dar forma al Estat catalá. Será una fantasía, porque la izquierda nacionalista no tiene ahora lo que tienen detrás los nazis vascos, que es la violencia. La tuvo en su momento y de hecho no ha dejado de ejercer una violencia de baja intensidad, no sólo simbólica. Además, ahora tiene la llave para gobernar Cataluña. El germen de un nacional-socialismo a la catalana, todo lo inverosímil que se quiera, ya está sembrado.
En más de un sentido, su éxito es un fracaso del nacionalismo clásico. También lo es de los partidos nacionales españoles, que no han sabido ofrecer alternativas serias al nacionalismo en Cataluña. La izquierda por su antiespañolismo arcaico, cada vez más difícil de entender por los españoles de hoy en día, y el centro-derecha por sus complejos y su diletantismo, los dos han contribuido a crear un problema que ahora tendrán que resolver juntos o separados, pero en cualquier caso mediante un replanteamiento de la estrategia de cada cual en Cataluña.
El nacionalismo de izquierdas es lo que queda cuando todos han abandonado sus responsabilidades. No es fácil retomar las riendas de una situación como esta.

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