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Columna publicada el 25-01-2002
Ya se adivina, sin esfuerzo alguno que estamos haciendo referencia explícita a la sabiduría popular –la verdadera sabiduría producto de la experimentación–, contenida en el refranero al que, en tantas ocasiones, se acude buscando cobijo aseverativo a lo que puede presentarse como un incipiente estado de sospecha o simple intuición. En este caso, la máxima de "dime de lo que presumes y te diré de lo que careces", podría llevar una apostilla, a modo de subtítulo, que rezase algo así como "la crueldad de las leyes económicas". No se preocupen que no voy a pintar ningún escenario apocalíptico que pudiera encogerles el corazón. Bueno, al menos, ningún escenario que ustedes no conozcan ya de antemano; porque, escenarios para el corazón contrito los hay y en abundancia.
Por situarnos en un terreno real, trasládense a la República argentina de hoy o, los de mejor memoria y no tan viajeros, sitúense en la España de los años cuarenta y cincuenta; sí, los primeros veinte años del franquismo. ¿Que, por qué en uno, dos países y dos momentos tan distantes? Porque, para mis propósitos, encuentro en ambos un denominador común: la sustitución de las inapelables leyes económicas, por los impulsos del corazón. Hemos oído recientemente afirmar que el pueblo argentino demanda patria, por lo que si así fuera, el objetivo de la política del país se centraría en suministrar tan extravagante bien. Algo semejante ocurría en la España de los cuarenta. También al pueblo se le daba como alimento el sentido de grandeza patria, la emancipación de pretensiones colonialistas, se recordaba que en momentos pretéritos en el imperio no se ponía el sol y, cualquier escaramuza estudiantil –no existían a la sazón las de carácter laboral–, siempre benigna, acababa ante la representación diplomática del Reino Unido de la Gran Bretaña, reivindicando el retorno de Gibraltar, como parte del suelo patrio desgajado del cuerpo al que pertenecía.
Afortunadamente para los españoles, aquellos discursos, que sólo el privilegio de la edad nos permite a algunos su recuerdo, terminaron para siempre al inicio de la década de los sesenta, comenzando un nuevo lenguaje de realismo, de eficacia, de conexión entre fines, efectivamente sociales, y medios para alcanzarlos. El método fue muy sencillo: ideas, claridad en las mismas, desprendimiento y honestidad en afrontarlas, y veracidad en la información, tanto de los objetivos como de los medios a emplear y sus consecuencias. Algo así, a nuestro entender, requiere la Argentina de hoy. No es el momento de recitales grandiosos, ni de recuerdos más o menos trasnochados, ni de arengas para enloquecer a la población con máximas de escaso o ningún significado. La patria tiene sentido, cuando uno siente la felicidad de pertenecer a ella, no cuando espera la oportunidad para abandonarla en busca de soluciones perentorias a las necesidades acuciantes.
Argentina, nación rica en recursos productivos y, excepcionalmente rica en factor humano –combinación del más rico humanismo de un lado con la amplitud e intensidad del conocimiento científico y técnico de otro–, no puede despilfarrar el recurso más escaso, el tiempo, escuchando o entonando epítetos que sólo tienden a corroer las mentes despiertas y a aniquilar cualquier espíritu de iniciativa en bien de la sociedad. Es momento de silenciar, o al menos de prestar oídos sordos, a las argucias demagógicas de quienes nada tienen que decir o que proponer. Es momento para la efectividad, no para el efectismo. La realidad nos muestra que quienes más hablan de sentido nacional, quienes más presumen de patrióticos son quienes antes aprovechan aquellos sentimientos en beneficio propio y exclusivo. El alarde en el presumir, es la muestra más evidente de la carencia en el actuar. Y, en esto, como en tantas otras cosas, las leyes económicas son de una extrema crueldad.
Un gran servicio que puede prestarse a esa Patria, en la que se dice creer, es la regeneración moral, para el bien común, de quienes, precisamente, presumen de patrióticos. Y, no se trate de buscar en estas líneas la facilidad dialéctica del consejo; antes al contrario, léanse como dudas que emanan de una reflexión bien intencionada.
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