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La dignidad, lo primero

¿Puede alguien que manifiesta su deseo de gobernar en una comunidad autónoma atraer a los electores con el alimento envenenado de no pagar la deuda contraída?

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Se diría que, en ocasiones, la vehemencia con que contemplamos los asuntos temporales, cautivados por lo que nos prometen de placentero para nuestro ego, nos hace olvidar aquello que, lejos de la temporalidad, constituye el rasgo permanente de nuestra propia estima, y de la estima que los demás tienen de nuestra persona, permaneciendo más allá de nuestra existencia.

Efectivamente, objetivos próximos, si bien perecederos, nos hacen olvidar aquellas exigencias permanentes para con uno mismo y para con los demás. Éstas constituyen la razón de ser de nuestra existencia, si se pretende fructífera, en un mundo de relaciones sociales, de las que recibimos grandes beneficios, difícilmente cuantificables, y a las que debemos aportar nuestro conocimiento y nuestras actitudes para su posible mejora.

¿Puede un líder –estoy pensando en un líder político, pero no se excluyen los de cualquier otro ámbito– menospreciar la propia estima de su dignidad? ¿Puede un objetivo en principio incluso loable mancillar el tesoro más apreciable de su persona, la dignidad, si ello fuera condición para alcanzarlo? O dicho de otro modo, ¿todo vale para alcanzar nuestras pretensiones?

La historia suele ser inapelable con aquellos que así se comportan. Aunque los revolucionarios sociales prefieren suponer que los valores de antaño ya no rigen, la realidad no puede ser más severa a la hora de juzgar sus proclamas, sus vaticinios, sus promesas y sus realidades. Y nunca la necesidad de los votos y de componendas y alianzas para gobernar servirán como excusas absolutorias a la hora del veredicto.

Mentir, robar, defraudar, corromper la confianza de la comunidad en provecho propio, el amiguismo, la malversación… eran ayer y siguen siendo hoy tachas que hacen al hombre – término genérico – indigno para ser acreedor de la confianza de la sociedad.

¿Puede alguien que manifiesta su deseo de gobernar en una comunidad autónoma atraer a los electores con el alimento envenenado de no pagar la deuda contraída? La arrogancia de la comunidad, particularmente en este caso, juega mal con el estado de necesidad, que podría enternecer a los acreedores para aplicar quitas o dispensas a la obligación de pago. La prodigalidad en la gestión pública será causa de endeudamiento, pero nunca motivo para su dispensa.

Si la dignidad de un candidato, si su autoestima no cuenta, estamos ante un caso de extrema gravedad, porque ¿qué otra cosa se puede esperar de quien ni siquiera él mismo tiene aprecio por lo más valioso que posee? ¿Cómo va a velar por preservar lo valioso –los valores– de la propia comunidad de hombres y mujeres que le han elegido?

Las campañas electorales –en contra de muchas opiniones que las consideran tediosas– son la arena más propicia para valorar el interior de los candidatos y la esperanza de respeto a lo proclamado y comprometido. Prometer algo a sabiendas de que es imposible es el hallazgo más reciente de la corrupción política: la disociación, incluso contradicción, entre lo que se piensa y lo que se proclama.

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