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Más por menos...

Europa será más, o habrá más Europa, cuando –manteniéndose lo demás igual– se reduzca el menos que suponen buena parte de los reunidos en el Pardo.

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Cualquiera que esté o que recuerde la primera lección de aritmética, rápidamente dará con la respuesta, a lo que no es, siquiera, un acertijo. Más por menos, evidentemente, es menos. ¿A qué viene esto? se preguntarán. Es lo que vino a mi mente, ente el comunicado facilitado al término de la reunión de siete líderes de los países del sur de la Unión Europea, el pasado lunes 10 de abril.

La presunción de europeísmo y de unidad está fuera de lugar. Más aún, cuando la reunión pretende crear una postura común de unos –la segunda división– frente a los otros –los de la primera– que no estaban presentes. Europa será más, o habrá más Europa, cuando –manteniéndose lo demás igual– se reduzca el menos que suponen buena parte, si no todos, los reunidos en el Palacio del Pardo.

El cántico a la unidad o estaba desafinado o resultaba vacío y, con toda posibilidad, errado. A buen seguro que, de haber estado presentes personas como Adenauer, De Gasperi, Schuman, Spaak, Monnet y, sobre todo la profundidad de pensamiento de Jacques Maritain, la armonía habría sido otra, y la unidad, más firme y duradera.

Hacer alarde y presumir de unidad entre todos los miembros de la Unión Europea, cuando de los veintiocho sólo se reúnen siete, sin duda por tener intereses comunes y alejados o contradictorios de los otros veintiuno, es una necia arrogancia que carece de rigor e incluso de sentido común.

No podemos olvidar que la Unión Europea es una organización constituida por Estados soberanos que, en su adhesión, implícitamente renuncian a algún aspecto de su soberanía, poniendo en común las materias afectadas para someterse, a las decisiones emanadas del quehacer común. (Está sobre el tapete el problema del veto vigente, en cuanto que subordina las posibilidades de avances políticos, económicos y sociales, a voluntades singulares).

Que algunos países se hurten a cumplir las normas económicas o de cualquier otro tipo, imprescindibles para la buena marcha de la Unión, además de una deslealtad al fundamento mismo de la organización, pone en peligro la propia subsistencia de aquel documento firmado en Roma, por seis Estados soberanos, en 1957, punto de inicio de lo que hoy constituyen los 28 miembros mencionados. Pendiente está el resultado de las negociaciones con el Reino Unido para valorar su grado de pertenencia o de separación del consorcio.

Que siete países, problemáticos para la fidelidad a las normas europeas, dos de ellos fundadores en Roma de la CEE, se abroguen los pronunciamientos sobre el futuro de la Unión, es poco menos que inadmisible. Convendría que su reunión hubiera sido para intercambiar opiniones sobre los esfuerzos que deberían hacer para cumplir con los niveles de déficit, de deuda pública, de desempleo, de tasas de crecimiento económico y de su distribución, etc.

Y, sólo en presencia de todos, se puede reiterar la importancia de mantener la unidad. Parcelar el grupo, como en este caso, no es más que testimoniar la fractura.

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