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Columna publicada el 14-04-2005
No llega a Fidel Castro, pero nadie es perfecto. Ochenta minutos de discurso empleó Zapatero en hacer el balance de su primer año de gobierno. Y pocos minutos me parecen para tantos logros. Para concluir, Zapatero recurrió a un paralelismo con Aznar: "España va mejor". Y supongo que también a una complicidad con Aznar, pues el "mejor" cobra mayor énfasis si España ya iba "bien". Porque si fuese tan mal con el Gobierno Popular, como en días de menos fasto y ceremonia afirman los socialistas y sus socios, tampoco tendría mucho mérito que vaya ahora mejor. Y uno sin percatarse de que vive en tan maravilloso país. ¿Pero alguien, por fatuo y necio que sea, se puede creer que hay motivo para tanta celebración y base para tanto optimismo? A juzgar por lo rematadamente mal que las hizo, el mérito mayor de este Gobierno es haber hecho pocas cosas. El Partido Popular ha señalado 100 promesas incumplidas de Zapatero. Yo creo que, en bastantes casos, hay que felicitarse de este incumplimiento, debido seguramente no a una rectificación deliberada, que sería de agradecer, sino a mera incapacidad.
Algo sí debemos a Zapatero y sus ministros. Su enorme capacidad de suministrarnos materia de chiste y chascarrillo. El Ministro de Exteriores y la Ministra de Cultura han destacado en este noble ejercicio de ofrecer entretenimiento gratuito al personal. Pero la palma se la lleva la Ministra de Vivienda. Los otros dos, entre la col y la col de la necedad divertida, son responsables de la lechuga de alguna lamentable acción política, que excita amargas secreciones hepáticas. En cambio, la Ministra de Vivienda no ha hecho rigurosamente nada, sino chuscas declaraciones, rectificadas al día siguiente, y rectirratificadas, por decirlo de algún modo congruente con su estilo, al día posterior. La última ha sido su manera de postular la construcción de soluciones habitacionales de 25 metros cuadrados. Si la Ministra y su equipo discurriesen algo, la idea merecería consideración. La Ministra pudo decir algo así como que proyectaba rebajar el mínimo de superficie útil de las viviendas de protección oficial a aquellas dimensiones. Pudo justificarlo diciendo que particularmente en las grandes ciudades hay un sector de demandantes de vivienda, quizá de un 5 a un 7%, que podrían estar interesados en estas microviviendas. Pero no. Lo presentó como una solución global, moderna y avanzada ("propia de los países escandinavos"), y lo remató diciendo que la cultura política de los españoles es tan atrasada, que no está preparada para aceptar estas soluciones.
Pero, con lo que se lió irremediablemente la Ministra fue con la dignidad. La Constitución dice que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Esto es una estupidez, aunque lo diga la Constitución o, dicho con más precisión, es una estupidez consagrar constitucionalmente sedicentes derechos que ninguna Constitución puede garantizar. De estupideces de este género está plagado el capítulo III del Título I de la Constitución. En realidad, los españoles no tienen ningún derecho a disfrutar de una vivienda, aunque fuese indigna e inadecuada. Es verdad que los progres, que dominan abrumadoramente las Facultades de Ciencias Sociales, se empeñen en enseñar y justificar estas supercherías. Pero, cualquiera que precise una vivienda descubre, por sí mismo, su mendacidad. Liada la Ministra en terreno tan resbaladizo se aventuró a una teoría minimalista de la dignidad: Puede ser más digna una vivienda de 25 metros que una de 2.000. Claro, ya lo dijo don Ramón de Campoamor, todo depende del color, y no de las paredes, precisamente.
José Vilas Nogueira es profesor emérito de la Universidad de Santiago de Compostela

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