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Entre otras desgracias, Zapatero nos ha traído la guerra de los abuelos. Como bajo los puentes de hogaño ya no discurren las aguas de antaño, los abuelos han desertado de esta nueva guerra, que los ha cogido con el pie quebrado (los esqueletos son frágiles) y el alma huida. Las guerras no se repiten. Además, el pacifista presidente del Gobierno y sus pacifistas socios tienen una comprensión de la guerra bastante peculiar, que más la asimila a matadero de conejos que a enfrentamiento marcial. Muertos los pobres e indefensos bichos, los matarifes proclaman la paz, con gran pompa y retórica, legislan el olvido eterno de la cunicular grey, convocan a vates y escribas asalariados a cantar y contar para futuras generaciones la dichosa efemérides, y se condecoran recíprocamente, encantados de haberse conocido y de su coincidencia en el arduo proceso pacificador.
El último episodio de esta singular guerra de los abuelos, que ni es guerra ni a los abuelos importa, ha sido la aprobación por el Consejo de Ministros de un proyecto de ley por el que "se reconocen y amplían derechos, y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución y violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura". Feliz denominación, alarde de síntesis y sindéresis, incentivo para la lectura y ornato de la pública ilustración, acicate para el estudio de futuros opositores y mil provechos más, cuya cumplida enumeración requeriría un gigabyte, y aun escaso habría de resultar.
Arranca la guerra, acometida por nuestros pacifistas asociados, del fusilamiento por los franquistas, hace setenta años, del capitán Rodríguez (o comandante; no estoy seguro de su grado), oficial republicano que, funesta coincidencia, acabó siendo el abuelo paterno del presidente del Gobierno, quien con vehemencia y pertinacia cartaginesas ha convertido este crimen en clave interpretativa de la República y la Guerra Civil. Y tal es su ardor que no dejará que la realidad de las cosas le haga desistir de su propósito. Y mira que la realidad se empeña obstinadamente en ello. Pero qué puede la realidad frente a un ánimo resuelto.
Pensó la realidad, primero, que si un abuelo de la esposa de Rodríguez Zapatero era más nacional que republicano, nuestro hombre entraría por la senda de la moderación y el buen juicio. Vano intento, como vanas han sido otras estrategias similares, Desesperada, la realidad acometió un último esfuerzo. El mismo día en que el Consejo de Ministros aprobaba el proyecto de ley antes mentado, fallecía la abuela materna del presidente del Gobierno (que, además, era su madrina), mujer, según su obituario, "muy de derechas", de la que el Zapatero de nuestros pecados heredó los ojos, pero no las ideas.
Lo cual que, burla, burlando, metidos en abuelos y abuelas, la cosa cobra tintes freudianos, y no parece que esta guerra anacrónica tenga tanto que ver con la lucha de clases y otros dogmas socialistas como con la historia familiar del niño José Luis y las atenciones o desatenciones que le hubiesen dispensado sus abuelos Faustino y Natividad. Un efecto provechoso tiene, sin embargo, la pamema zapateril. Pues, aun lejos de la categoría de "ser superior" que, parece ser, atribuye al presidente el ministro Sevilla, no es uno tan inferior que ni siquiera tenga abuelos. Claro que, siendo ya abuelo aunque sin nietos todavía, la famosa guerra no es, en mi caso, de los abuelos, sino de los padres. Y en aquellos oscuros tiempos sólo teníamos un padre (y, aunque se muriese, duraba toda la vida). Por cierto, el mío era de los "buenos". No preciso de la estudiada cautela del artículo 7.3 del proyecto de ley: "se omitirá toda referencia a la identidad de cuantas personas hubiesen intervenido en los hechos". Se la regalo a muchos izquierdistas incendiarios de hoy que, probablemente, sí la necesiten.

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