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Cualquiera pensaría que los políticos socialistas-nacionalistas son bobos, y mendaces. Y, en verdad, lo son. Pero, además, son malvados: la algarabía que generan sus aparentes contradicciones no es disonancia producto del desconcierto, sino instrumento cardinal de su estrategia despótica. Llamar a las mismas cosas con nombres diferentes y aun antitéticos, aplicar iguales palabras a cosas diferentes y aun opuestas, rinde a la ciudadanía en babélica confusión. Esta estrategia se corresponde mejor con el mundo de Orwell que con el de Carroll, dicho con todos los respetos para el profesor Gustavo Bueno.
Uno de los últimos gritos discernibles en esta algarabía lo ha emitido Imaz, presidente del PNV: "no se trata" de derrotar a la ETA, es decir, este partido no quiere derrotarla. Ellos (y los socialistas, dice) quieren que "salve los muebles". Como que son copropietarios y socios de los malhechores. Con sutilezas jesuíticas y mañas de timador, se justifican: "Ibarretxe no recibió a Otegi, portavoz de una organización terrorista, sino a Otegi, líder político".
Las víctimas de los etarras son víctimas de un conflicto político. Los asesinos, cuando son condenados a penas risibles en relación a la importancia de sus delitos, en realidad son víctimas de la tortura y la represión "fascistas". Ni moral, ni decencia: la conquista del poder justifica todo para estos maquiavélicos de caserío. Moralmente, Ibarreche, Imaz y compañía no son mejores que De Juana Chaos.
No hace mucho la constelación socialista-nacionalista se rasgó las vestiduras ante la inasistencia del PP a la manifestación contra los "accidentes terroristas". Tal "lucha" exige la unidad de todos los demócratas, dicen. Pero si su única lucha es salvar el mobiliario social. ¿Unidad de quiénes? ¿Son demócratas los socialistas de Zapatero, sus socios comunistas, los de la ERC o el PNV, los titiriteros y agitadores que los secundan? Si lo son, lo disimulan. En esa sociedad, como dijo Arzallus, otro "demócrata", la única división es funcional: unos agitan el árbol (ponen los muertos), otros recogen las nueces (negocian con los cadáveres).
La precaria y desmedrada tradición democrática española se sublima con una torpe, profusa y finalmente inane utilización del término. La palabra democracia se aplica abusivamente como criterio decisivo de legitimación a todo tipo de posiciones y medidas, cualquiera que sea su naturaleza, olvidando que en sustancia la democracia es sólo un sistema de gobierno (con concreciones bien heterogéneas, por otra parte). Así, el defecto de los etarras no es que sean asesinos, sino que no son "demócratas". Como los etarras y otros terroristas de "izquierda" son pocos y los fascistas son menos y están inactivos, casi todos los españoles seríamos, pues, demócratas.
Pero no podía ser verdad tanta belleza. El despotismo no puede prescindir de un enemigo interior, de la guerra civil, al menos latente. Nuestros socialistas-nacionalistas deben mucho, aunque no lo sepan, a la reducción de la política al poder despótico, típica de Carl Schmitt. Como no hay fascistas, los inventan: el PP, los españolistas, la derecha. La dicotomía acción política-acción terrorista está "sobredeterminada" por la polaridad izquierda-derecha, que diría el tonto de Althusser. En cristiano, un asesino de izquierdas es un buen muchacho, que responde violentamente a las injusticias del sistema. Un señor de derechas, aunque no haya matado una mosca, es un enemigo del pueblo.
Ibarretxe compadrea con el líder político Otegi, no con el terrorista Otegi. Zapatero considera los atentados terroristas, accidentes... En clave bufa, Inma Mayol y Joan Saura se declaran antisistema para no enfrentarse a los okupas, pero siguen comiendo (y muy bien) del sistema.
Es tal la algarabía que la gente no se entera.

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