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Ahora que la ciencia oficial lo ha establecido (y la policía lo respaldará, si menester hubiere); ahora que se ha establecido que los grandes simios son humanos, no he de estorbar yo tan progresista desarrollo. Imbuido, pues, del nuevo espíritu, leo que los grandes gorilas latinoamericanos, Chávez, Castro y Morales, todos rojos y casi todos comandantes, han presentado, con gran solemnidad y entusiasmo popular, su nuevo tratado comercial, en el marco de la Alternativa Bolivariana para las Américas. Jubiloso, doy simiescos saltos (eso sí, de simio anciano, no vaya a perecer en el intento), y emito todo mi repertorio de guturales sonidos.
Estas demostraciones no son comprendidas por mis vecinos, gente rancia y atrasada, que amenaza con llamar a los loqueros. Trabajo me cuesta ponerles al día de la nueva doctrina, por lo que ruego a la mona vicepresidenta, vestida de seda (y brocados, velludos, tafetanes, tules y la hostia de ricas telas), envíe por aquí a algún dependiente especializado en educación para la ciudadanía a ver si desasna (con perdón) a estos brutos.
Restablecida la situación y respetadas mis simiescas efusiones, transmitiría a los gorilas latinoamericanos un ruego de moderación, pues tengo entendido que la Alterativa Bolivariana excluye la firma de tratados comerciales con los Estados Unidos. Algún temperamento debería arbitrarse para tan terminante exclusión, pues en los Estados Unidos también hay simios. Sin ir más lejos, en Princeton está Peter Singer, principal impulsor del "Proyecto Gran Simio", idea que ha encandilado a nuestro mono Presidente. Hermanos bolivarianos: imiten a su amigo Zapatero, siempre amigo del diálogo y la alianza. El futuro está con nosotros. "Grandes simios del mundo unidos" (y los pequeños que se jodan, por enanos). Aliemos las diversas razas de los grandes simios, aliemos las civilizaciones progresistas (ayatolás, talibanes, muhayidines y toda las basca de islamistas sacamantecas; comunistas, socialistas, nacionalistas terroristas y progres apresurados). Y, hala, a imponer la paz a hostia limpia.
Con el último brinco simiesco, me pego una costalada y, anacrónico y heteróclito quijote, recupero cristiana conciencia. ¿Por qué la enemistad del régimen zapateril con el lenguaje y su sentido? ¿Por qué los asesinos del tiro en la nuca son calificados como hombres de paz; las víctimas de los criminales, pérfidos agentes belicosos; la rendición, victoria; la justicia, crimen, y el crimen, justicia; la nación, Estado; las regiones, naciones; el despotismo, liberación; la libertad, sedición, etcétera, etcétera? Cualquiera de estas operaciones aisladas podía tener algún sentido, servir un propósito reconocible, aunque fuese innoble pero, ¿por qué se acometen todas, y cualquiera otra similar aún por venir?
A veces, incluso, el despliegue propagandístico que acompaña a la destrucción del sentido de la palabra contrasta con la escasa dimensión o trascendencia del pretendido problema al que se enfrenta. Por ejemplo, el llamado "matrimonio" homosexual apenas ha añadido nuevos derechos a los que derivaban de las precedentes regulaciones de este tipo de uniones (por eso la nueva figura jurídica ha sido escasamente utilizada). La próxima concesión de "derechos humanos" a los grandes simios apenas alterará la situación de estos primates (casi inexistentes en España), que pueden ser protegidos contra las crueldades o excesos de algunos humanos sin violar el sentido de las palabras.
Mera estupidez o torpe demagogia, podría concluirse. Ojalá fuese así. Desgraciadamente, hay más. Es una estrategia despótica. Podemos evocar a Pavlov, haciendo perrerías a sus perros, en la investigación de los reflejos condicionados. Cualquiera sabe que si asocias repetidamente una determinada respuesta a un cierto estímulo, el sujeto del estímulo (puede ser un simio) quedará desconcertado si, inopinadamente, recibe una respuesta diferente. Pero si de humanos hablamos, mejor evocar a Orwell. La destrucción del lenguaje, quebrantando brutalmente el sentido admitido de las palabras, reasignándoles significaciones arbitrarias, confina a los ciudadanos en un caos babélico, en un riguroso desconcierto. Privados de un lenguaje coherente, privados de su alma, las palabras de estos pobres desgraciados no valen más que los chillidos guturales de los simios. Desaparece, así, cualquier expectativa de resistencia.

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