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Columna publicada el 10-11-2004
Si no es mucho pedir, ¿les importaría mucho a los nacionalistas dejar de rasgarse las vestiduras, gritar histéricamente y proferir amenazas a la hora de defender sus posiciones acerca de la lengua catalana? Aprovechando que su nacionalismo es de base lingüística, sería formidable que actuaran de modo coherente y ofrecieran al público argumentos culturales, literarios. Los hay, y muchos, para defender legítimamente y con respeto a los demás la unidad de un idioma que usaron y fueron creando valencianos, de Ausiàs March a Vicent Andrés Estellés, mallorquines, de Ramon Llull a Joan Alcover, y catalanes, de Muntaner a Foix.
Los catalanes somos especialmente afortunados porque, además del desbordante e inacabable patrimonio cultural en castellano, disponemos de una lengua y una cultura que, aunque minoritaria, ha dado frutos extraordinarios y universales en la literatura, y los ha dado durante siglos. Este debate sobre la unidad de nuestra lengua, de una de nuestras dos lenguas, podría ser enormemente productivo si se mantuviera en sus términos. Evitarlo mediante el mero expediente de lo "científico", sin mayor explicación, revela intenciones de imposición apriorística a los discrepantes, no mejora el conocimiento general de nuestra cultura y se acaba convirtiendo en un descarnado instrumento político que los valencianos detectan inmediatamente y los pone a la defensiva. O, lo que es peor, los enfrenta entre sí.
El propio Àngel Colom, que lideró ERC, llegó a mostrar hábilmente su disposición, en defensa de la unidad del idioma, a llamarlo "valenciano". Si Carod no tuviera intenciones pancatalanistas sino de pura justicia filológica, utilizaría su especialidad para contribuir a la apertura de un debate cultural y no trataría el asunto como un hooligan. El catalán es infinitamente más importante que el Barça y que su partido. Parece que nos quieren forzar a tratarlo en términos de hinchas irreconciliables que agitan sus frenéticas banderas, se gritan improperios y se parten la cara a la mínima ocasión. Mientras la cultura no se trate en términos culturales, mientras se exija a la gente, sin ofrecerle argumentos y sin escuchar respetuosamente los de los demás, un acto de fe político en una verdad "científica" que no se molestan en desentrañar y divulgar, mientras se trate todo este asunto como un expediente conminatorio de adscripción a la corrección política catalana, despertará la animadversión.

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