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Columna publicada el 24-06-2004
Las lecturas del presidente siempre me sorprenden para bien. Ahora acaba de citar a Tocqueville. Profundizando en la obra del francés, el líder socialista podría llegar a conclusiones de la mayor relevancia. Hallará don José Luis en La Democracia en América y en El antiguo régimen y la revolución una sólida base teórica del respeto a la libertad individual. También una defensa del asociacionismo voluntario como alternativa a la concentración gubernamental de poder. Punto capital donde se comprende no sólo la importancia de la libertad de partidos, sino una condición fundamental para la democracia política: la libertad de prensa. La libertad de prensa, presidente.
Tocqueville es un lúcido aviso contra los males de la democracia social y un canto a la democracia política como antídoto. Encontrará el presidente en el coetáneo de Marx un uso del término “individualismo” que acaso le extrañe en un autor liberal. Pero ese individualismo en sentido peyorativo sirve de advertencia contra la atomización de la sociedad, que puede derivar fácilmente en una nueva forma de despotismo, dejando al estado en exclusiva la organización social y la acción colectiva.
Presidente, Tocqueville se opuso a las teorías de la inevitabilidad histórica, es decir, a lo que Popper llamaría historicismo. Empiezo a abrigar la esperanza de que la excelente orientación de sus lecturas (Cervantes, Borges, Tocqueville) acabe revelándole la extrema importancia de este punto. La inevitabilidad histórica está en el germen de la ideología de su partido, como lo está en lo más profundo de las creencias de toda izquierda. Podría usted sufrir una intelectual caída del caballo, pero quedaría inservible como líder del PSOE y nunca más podría encabezar, promover o aprovechar la rentabilísima demagogia que reviste a los suyos de predestinada y superior legitimidad y a los nuestros coloca la máscara del enemigo necesario, sobre cuya derrota se construye el futuro.
Como usted, Alexis de Tocqueville fue un diputado gris. Su carrera política terminó con el golpe de estado de Luis Napoleón. La suya, presidente, comenzó de verdad con el golpe mediático de marzo. A usted le ha plantado en la historia la paciencia larga y acrítica de un escaño hecho para la siesta, mientras el país se convulsionaba con los crímenes de estado. Luego la apuesta a una ruleta sin croupier, aprovechando el horror vacui de su partido. A usted, presidente, le hecho un hombre de estado el explosivo cóctel antiamericano, pseudopacifista y antisistema con el que su partido, en compañía de otros, voló la España de Aznar y de Rajoy. Todo lo que movió y mueve a su gente contraría las ideas de Tocqueville, empezando por su historicismo de garrafón. En cuanto a la libertad de prensa, ja, ja, ja. Y más ja.

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