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Artur Mas tiene la oportunidad de introducir un poco de racionalidad y de ética en la política catalana solicitando, junto con el PP de Cataluña, una comisión de investigación sobre la lluvia de millones de euros (ya vamos por ochenta) con que el tripartito ha fumigado las viñas patrias para que no le crezca la discrepancia ni el malestar a las uvas de la ira. ¿O no la tiene?
Salvo la necesidad de taparse mutuamente las vergüenzas –recién apuntada por Josep Piqué– nada explicaría que el principal partido de la oposición en Cataluña renunciara a pilotar la lógica indignación ciudadana ante la merienda de negros de los informes, la orgía de amiguismo y nepotismo, el asalto al erario, el festival de externalizaciones injustificadas que, bajo la excusa de auscultar el estado de hibridación de las codornices japonesas u observar los fulgores de la concha brillante, han organizado a calzón quitado socialistas, independentistas y verdes criptocomunistas.
Montar una red clientelar de dimensiones descomunales untando a profesores, abogados, consultores, antropólogos, sociólogos, lingüistas y ganapanes es algo que sólo se puede hacer si el contribuyente no se entera. Pero, desafortunadamente para los gobernantes catalanes –tan pródigos con lo ajeno–, y afortunadamente para los ciudadanos, en el Parlamento de Cataluña hay un diputado insistente que no se ha conformado con las negativas y opacidades del ejecutivo. Y al final, Daniel Sirera se ha salido con la suya, ha localizado y destapado el escándalo de los informes, ha obtenido datos que arrojan luz y que retratan despiadadamente el asalto de los políticos de la Generalidad al Presupuesto. La apropiación de lo público, ay, siempre acompaña a ciertas formas de hacer política: ¿Cómo mantener callada y dócil a la sociedad civil? Comprándola.
Revelados los hechos, conocidos los sonrojantes contenidos con que se ha maquillado el carnaval de amigos de lo ajeno, nada queda de las declaraciones de intenciones éticas y manos limpias con que el tripartito, y muy especialmente la Esquerra, sustituyeron al partido de Pujol. Si Mas no hace valer sus escaños para exigir una investigación, ninguna, absolutamente ninguna esperanza quedará en Cataluña. Todos sabremos que ese silencio servirá para pagar otro: el que ya cae sobre las encuestas con que CiU controlaba, de forma paranoide, desde las tibiezas ideológicas de los profesionales de TV3 hasta la conveniencia de emitir documentales sobre el nazismo, muy preocupantes porque alguien podría relacionar la Alemania de los treinta con la Cataluña de los noventa. ¿Un paralelismo absolutamente fuera de lugar? Sí, claro, ¡pero eran los comisarios políticos de CiU los que lo trazaban!
Y todos sabremos que urge abandonar el debate ideológico y aplazar la discusión nacional hasta que la administración pública y sus establos privados queden desinfectados. Hercúleo trabajo. Pero si Artur Mas no está por la labor, ¿por qué será?

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