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Columna publicada el 07-11-2003
La sección “Rumores en la red” de este diario daba cuenta el 6 de noviembre del amplificado eco de una discusión: la que enfrentó, en un restaurante barcelonés, al actor Joel Joan y al propietario del local, que habría expulsado al primero por hablar en catalán. Ya es mala suerte la de este hombre, casualmente uno de los protagonistas del libro de entrevistas de Víctor Alexandre Yo no soy español. En plena campaña electoral, el escritor Quim Monzó, desde La Vanguardia, y el ultrajado no-español, desde todos sitios, se han encargado de difundir con profusión la anécdota y de elevarla a categoría, denunciando el supuesto acoso al catalán en Cataluña. Ya de entrada, la elección de la voz “acoso” parece sospechosa, siendo un término habitualmente utilizado por quienes vienen sosteniendo en el vacío la tesis contraria, la marginación del castellano en el Principado. A mí el asunto me ha traído a la memoria otras anécdotas.
He visto parodiar repetidamente y de forma sangrante al rey de España en un popular programa de TV3, la televisión de la Generalitat. El mismo imitador ha encarnado en ocasiones, con gran regocijo del público, a un deshumanizado Aznar. Uno de los gags consistía en matar al presidente, que a la vez era un insecto. Primero se usaba insecticidas; finalmente, golpes. Fue muy aplaudido. No puedo imaginar qué ocurriría si alguien usara la figura de Jordi Pujol (que no ha estado a punto de morir, como Aznar, en un ataque terrorista) para una canallada semejante.
He visto a dos presentadores de BTV, el canal del Ayuntamiento de Barcelona, manosear de forma procaz una bandera española, hacer chanza de ella y restregársela por el cuerpo con motivo de la famosa conexión con el astronauta Pedro Duque. No puedo imaginar qué ocurriría si alguien tratara así públicamente una senyera.
He visto a un montón de diputados autonómicos abandonar airados el Parlamento de Cataluña porque Alberto Fernández utilizaba el castellano en la tribuna. No puedo imaginar qué ocurriría si alguien abandonara un parlamento al oír hablar catalán.
He visto llenar de mierda el acceso a la sede barcelonesa de un partido político en un clima de hostigamiento insoportable que llegó a la agresión física de su líder, sin que el resto de formaciones catalanas reaccionara ni mostrara claramente su solidaridad. No puedo imaginar qué ocurriría si se sellara con excrementos la sede de ERC y se golpeara a sus representantes.
He visto la página web del diario Avui, receptor histórico de suculentas subvenciones públicas, promocionando un videojuego cuyo objetivo era matar españoles. No puedo imaginar qué ocurriría si una publicación cualquiera patrocinara un lúdico exterminio de catalanes.
He visto, veo cada día, la obscena apropiación de nuestra identidad en la propaganda electoral de CiU. Su lema, “Sí a Cataluña”, va siempre unido al rostro de Artur Mas. No puedo imaginar qué ocurriría si un candidato se presentara a las elecciones generales, como si se tratara de un plebiscito patriótico, bajo el eslogan “Sí a España”.
Más de tres cuartas partes de los catalanes nos sentimos españoles según demuestran los estudios demoscópicos. Somos legión los que llevamos años tragándonos anécdotas como las expuestas. Que no nos venga La Vanguardia con tonterías, que, aunque no lo parezca, todos tenemos memoria.

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