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Se levanta Carod un buen día, se asoma al balcón, respira hondo, se carga las pilas mesiánicas, recuerda el papel histórico que se ha asignado, se pone estupendo y exclama que el Tribunal Constitucional no es más que "una docena de magistrados que se reúne a seiscientos kilómetros" de Barcelona. El resto va de suyo: órgano tan tosco y tan ajeno no puede desvirtuar el Estatut.
Claro, claro. Los lobos y sus corderos se excitan: ¿cómo van a enmendarle la plana esos doce tipos a todo un pueblo? Pero el argumento definitivo es la distancia. Seiscientos kilómetros son... demasiados. Ya se sabe, a medida que uno se aleja, la legitimidad se va perdiendo. Si bien se mira, la distancia lo es todo para el nacionalismo. Especialmente para uno tan pequeño como el de Carod.
Inútil recordarle al conseller de la Vicepresidència que lo que cuenta son las funciones del tribunal que él despacha tan a la ligera (y que, por supuesto, incluyen decidir sobre la constitucionalidad de la ley orgánica llamada Estatut). Inútil ilustrarle sobre el origen de la legitimidad, o sobre su alcance. "Doce magistrados reunidos a seiscientos kilómetros" es una buena frase para la propaganda. Tendrá éxito. Claro que también podría describirse al TC como un grupo de bípedos con bazo, para que suene más rara y más excéntrica la posibilidad de que los designios de ese peculiar colectivo se interpongan en el destino sagrado de la patria catalana.
No nos cansemos. Con el nacionalismo no hay nada que hacer. Nada absolutamente. Es muy posible que algún día se salgan con la suya. Conste que, si así sucede, será por insistencia, por pesadez, por aburrimiento y cansancio mortal del adversario. Constatemos la inutilidad absoluta de la argumentación jurídico-política, la incomodidad de discutir con quien se presenta constantemente como víctima, los efectos devastadores de la manipulación de la historia y el largo cultivo de la pedagogía del odio.
Si se rinde homenaje a terroristas como el que le pegó la bomba mortal en el pecho al empresario Bultó, si los componentes de Terra Lliure se enorgullecen de su pasado sin escándalo social, si hasta los chavalines futbolistas de ocho años le hacen ascos al himno de España es porque la enfermedad ha llegado demasiado lejos, y seguramente es incurable.
Pues nada, Carod, hombre, lo que usted diga. A doce magistrados que viven a seiscientos kilómetros no hay que hacerles ni caso. Espero que comprenda, por su parte, que uno no se sienta vinculado por las decisiones de media docena de terroristas sin arrepentir cuando se disponen a diseñar el futuro de todos. Aunque estén, por desgracia, a dos kilómetros de casa. Y que, como hace usted con esos "magistrados", uno no se deje impresionar por los cargos públicos que ahora ostentan varios zurupetos vestidos de Armand Basi.

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